Teatro de Títeres de Cádiz

 

De la  Ría de Bilbao

 

Calacas, el color de la eternidad

 

En los jardines del Retiro

 

Imágenes y palabras

 

Ideas

 

 

 

De la ría de Bilbao

Este libro contiene 24 fotografías tomadas en el año 1989 en la ría de Bilbao. El libro está organizado en tres secuencias o episodios progresivos: desde el fondo de la ría; a media ría, y la cultura del fuego. Una cultura, la del fuego, que para bien o para mal, ha desaparecido en la actualidad. De este libro se hicieron muy pocos ejemplares con imágenes fotográficas positivadas a partir de diapositivas y una encuadernación artesanal de gran nivel estético. En este caso el fotógrafo asumió también la autoría de los textos. Se incluye a continuación una seleccíón de sus imágenes y textos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El bote se ha hecho fósil; mitad mineral, mitad sideral, el bote petrificado tiene algo de esqueleto de mamífero marino que, en trance de descomposición, deja a la luz sus estructuras más íntimas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el centro, las chimeneas se elevan y aparecen como columnas solitarias de gran prestancia arquitectónica, testimonio de una voluntad afirmativa. Las masas de humo adquieren cualidades casi sólidas e indisolubles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las ventanas iluminadas parecen más los ojos de las propias fábricas, que lugares habitados por personas. Y en el caso de que estas personas existan, la imaginación quiere inventarse seres especiales; una raza de hombres carboníferos e incombustibles, aclimatados al fuego.

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas imágenes incendiadas remueven fibras íntimas que deben estar relacionadas con experiencias antiguas del hombre: yunques, alquimias, guerras y saqueos. Erupciones volcánicas, nimbos dorados, puestas de sol.....quien sabe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando el volquete vierte el hierro fundido, la ría se ilumina súbitamente y alcanza por un momento un  grado de esplendor triunfante y sublime que recuerda a los nimbos de la resurrección del retablo de Isenheim de Matías Grünewald. La luz se vuelve inconmensurable y el material perece en el inefable y efímero incendio.

 

 

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Calacas, el color de la eternidad

Calacas, el color de la eternidad es el encuentro fértil entre la palabra poética y la imagen. La visión de una ofrenda de muertos mejicana atrajo poderosamente la atención de Juan Ortiz de Mendívil, surgiendo así la primera serie de imágenes. La contemplación de estas imágenes despertó la palabra y el concepto poéticos de Aureliano Cañadas. A partir de este encuentro siguió desarrollándose, con énfasis, la imagen (siempre sobre la misma temática, Calacas) y la palabra poética.

De este forma el fascinante y surrealista mundo de la Calaca mejicana, precipitó, después de transitar por dos mentes españolas, en una nueva realidad, en la que lo mejicano y lo español se han transmutado y trascendido.

Calacas, el color de la eternidad, es el resultado de esta alquimia artística.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuantas veces contemplara

a un crepuscular insecto

que no sobreviviría

al primer rayo de luna,

sin saber que era mi propia

vida un vuelo tan fastuoso

y tan breve como el suyo,

aunque nunca llevé en ala

ninguna, el indescifrable

estigma de la belleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vuelvo a engalanarme para ti

con mis más preciosas joyas:

aquellas que poseen el valor

incalculable de lo efímero.

 

Como en mis mejores días

escojo el color que no apague el de mis labios,

que no empañe el brillo de mis ojos.

 

No tardes amor, no tardes:

 

El gusano de la impaciencia me corroe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El adiós no fue fácil

porque yo no quería

inmensidad ninguna,

sino el humano límite

y su conciencia intacta.

Y rogaba a aquel pobre

corazón un latido

y otro más y otro aún.

 

Nunca fui tan intensamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los últimos inviernos abría la ventana
intentando encontrar en aquel aire frío
algo que me anunciase al fin la primavera. 

¡Cómo se hacía esperar¡ Aprendí a descubrirla
por yemas abultadas, por los brotes ocultos
o el piar todavía desvalido de un pájaro,
por la perduración de la luz vespertina.

Cuando no era posible esperanza ninguna
y la mano inocente del invierno borraba
imperceptibles signos, me volvía hacia dentro
de mí misma, hacia el débil resplandor que dejó
un día luminoso de verano en la sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cómo me complacía
en jugar a estar muerta
entre el acre murmullo
de aquellos crisantemos
para volver de pronto
a tu boca, a tus manos,
a la vida más vida.

 Y ahora sé que estar muerta
es más que no estar viva:
es no estar junto a ti,
raíces persistentes
en lugar de tus manos
en lugar de tu boca
la humedad de la lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llame a mi paje,
al más diligente,
y no vino. 

Llamé a mi chambelán
y no vino. 

Llamé al bufón
y no vino. 

En vano llamé al mayor
de mis palafreneros. 

Una y otra vez,
llamé a mi guardia
y nadie vino. 

Y nadie viene nunca
desde hace cuántos días,
no sé: ya no hay días,
meses, años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue cruel abandonar tus brazos de repente
y encontrarme asediada por oscuras raíces
que alimentaban árboles con mi nostalgia sólo.
Cuando alguno, tenaz, al fin me poseyera,
la brisa estremeció allá sus verdes ramas,
allá donde la luz del sol, donde la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si supieras, mirarías
cómo  un milagro a una piedra,
escaparías del sueño,
la noche, como enemigos,
y al contemplar una hoja,
cuando ya no es sólo verde,
en otoño, llorarías lagrimas
de agradecimiento y goce. 

¡Ah, si supieras cuál es
el color de la eternidad¡ 

Nunca cerrarías los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

Sobre todas las cosas,
sobre todas, amé
las flores, 

no porque ellas supiesen
llegar a mí,
sustentadas
de mil maneras,
descender
hasta mis ojos
desde una altura de ave, 

reproducir, íntimas,
la simetría de los astros, 

llamarme súbitamente
en el silencio del alma
con su aroma y su voz inconfundibles, 

sino porque a ninguna,
ni siquiera a la más breve,
la que nace con la aurora
mas no llega a contemplar
el primer rayo de sol,
le fue dado saber
que alguien había medido,
inexorablemente,
su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quedaba tan poco tiempo, tan poco,

era como si todo él escapase

vertiginosamente hacia esa fecha:

un agua impetuosa que arrastrara

muebles al fin sobre el parquet, brillantes

sellos y pálidas invitaciones,

repentinas llamadas, cajas súbitas

de inútiles y bellos utensilios.

 

Y de repente aquel tiempo perdió

su medida. No hubo ya otras mañanas,

sino una masa informe, una extensión

sin límites de piedra sobre piedra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es ahora cuando te veo
desde el fondo de mis ojos sin fondo,
y no entonces en las largas
noches de la vida en que,
hermético, te entregabas
al sueño para huirme,
amor, pequeño como el gusano
que a modo de conciencia me corroe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Supe dormir cuando la vida
me ofreciera su rostro airado
y la estridencia de su voz,

despertar a los días tan magnolia
que hasta el final gocé de su fragancia.

Tal fue el secreto de una dicha
que me enseñaron los seres más elementales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ah, si hubiese llegado
la soledad de pronto¡

Mas no, tuve una vida
para ir aprendiéndola.

¿No fue mi adolescencia
ya un puro aprendizaje? 

¿Acaso no perdiera
el calor de tus brazos? 

¿No bebí tu recuerdo
yo sola como un vino
hasta la última gota?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para qué tanto tiempo

como agua que fluyera

lenta y sucia, hacia donde.

¿ No me hubiera bastado

tu boca y un instante

para saber ya siempre

qué llama era la vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya sé como la muerte satisface
todos nuestros deseos. ahogándolos
en este mar sin olas, sin orillas
y sin color, siempre igual a sí mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si le hubieses prestado
a la muerte tu boca
y yo no lo supiera,
quién me protegería
de la fugaz ponzoña de los besos.

Y si ella, amablemente,
te cediera sus manos,
quién vendría a salvarme
de la atroz lentitud de una caricia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando se acerque el fin, suma los malos
momentos de tu vida y los peores. 

No temas: el infierno habrá quedado atrás.

 

 
 

 

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En los jardines del Retiro

 

Es este un libro en vías de elaboración permanente. Las imágenes son todas de la misma mano, pero en él se ha dado entrada a colaboraciones literarias y de pensamiento en general. Hasta el momento presente han participado  aproximadamente una treintena de autores, más y menos importantes (entre ellos hay tres premios nacionales de literatura y algún  reputado científico), de muy distintas sensibilidades. Poemas, textos en prosa, cuentos, monólogos, diálogos etc. Hay colaboraciones en varias lenguas, incluidas el chino y árabe. Todas las imágenes han sido realizadas en el parque del Retiro de Madrid, de quien el autor de las imágenes es vecino desde la infancia. A continuación se exponen cincuenta  imágenes y cuarenta y ocho textos, y la  nota de presentación del autor.

 

                                                                      Nota de presentación del autor

 

Al más puro estilo oriental, me apresuro a decir lo que En los jardines del Retiro no es. No es un libro sobre el Retiro, sus jardines, su historia, o, sus monumentos.

Sí es un libro en el que sus imágenes han surgido en el moroso deambular por sus paseos, veredas y rincones; en el reiterado encuentro con sus estatuas.

También deseo señalar que es un libro individualista a la par que coral.

Todas sus imágenes han sido captadas por un solo individuo, y responden en consecuencia a una única sensibilidad, pero todos los autores de los textos son personas muy diferentes en cuanto a orientación literaria e intelectual, e incluso, en ocasiones, pertenecen a culturas distantes.

Aún así hay un hilo que reconduce todos los textos, y es que todos han sido escritos a la vista de las imágenes y como una reacción a ellas.

De esta manera se ha pretendido, y estimo que conseguido aunque sea limitadamente, que En los jardines del Retiro, sea un crisol de sensibilidades.

Por lo demás no es éste un libro concluso. Sigue abierto, desde la amistad y en una invitación permanente a la creatividad, a nuevas aportaciones.

A todos los que han participado en él, o lo hagan en el futuro, mi más cálido agradecimiento.

 

                                                                        Juan Ortiz de Mendívil

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué vienes envuelto en sombra?,

 

¿qué te hizo montar tu alazán del miedo?, 

 

¿porqué te detienes inquietándome con tu silencio, caballero nocturno, en la luz del mediodía?

 

El brillo de la mañana no dará claridad

a  tus oscuras intenciones.

 

Espolea de nuevo tu cabalgadura de bronce

y huye, como siempre has hecho,

para no volver jamás.

 

Antonio López

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las enseñanzas de Magritte

 

Observa el Mundo con ojos nuevos.

Esta farola no es una mera farola.

Este árbol no es solamente un árbol.

Estas ramas desnudas no son un puñado de ramas desnudas.

Este atardecer no es apenas unas horas de luces desvanecidas.

Este aire transparente de invierno no es siquiera un aire transparente de invierno.

En las imágenes,

en los objetos,

en las atmósferas,

hay experiencias veladas y discretas.

Instantes de ilusión y de vida.

Camina despacio

y observa el nuevo Mundo que se despereza.

 

Itziar Pascual

 

 

 

 

 

 

Instalación

 

Por un error de fechas, visitó el lugar después de que hubieran retirado ya lo que había formado la exposición de un artista bastante conocido: una de esas muestras en que el arte contemporáneo detiene su atención en ciertos objetos cotidianos o vulgares para despojarlos de su función y ofrecerlos a otra mirada. Sin embargo, no supo que la exposición había concluido, porque en la fachada del gran pabellón acristalado permanecían los carteles anunciadores.

Sorprendido ante lo solitario del lugar, entró. Desnudo el recinto de cualquier cosa, un juego de claroscuros se desplegaba como único ocupante.

Más allá de los vidrios, los espacios de fulgor se alternaban con la insinuación vegetal y sombría del parque crepuscular. En el interior, las estructuras de las columnas de hierro que sostienen el armazón metálico del edificio se conjugaban con el sol declinante en la densidad palpable del espacio vacío, generando un vigoroso e inquietante ámbito.

Sobre la suavidad del suelo polvoriento se depositaban los signos seguros, aunque indescifrables,  de las sombras alargadas.

El momento misterioso de la luz estaba propiciando aquella instalación asombrosa. Permaneció inmóvil durante bastante tiempo y, todavía sin salir de su error,  pensó que el responsable de aquella exposición evanescente era, sin duda, un artista extraordinario.

 

José María Merino

 

 

 

 

 

¡Banco de piedra del Retiro!

Cuántas veces habrás percibido el dulce placer de los enamorados, sentido el suave roce de la carne, visto sonrisas y lágrimas de amor, de odio también, escuchado promesas de eternidad imposibles de cumplir.

Cuántas habrás sentido el leve roce de los niños y el aleteo de los pájaros que se han ensuciado encima.

Cuántas habrá llegado a tí  gente sudorosa por el trabajo, abatida por la aflicción...

Has acogido a todos. Has soportado a todos sin rechistar, aunque hayas visto lo más abominable.

Se puede confiar en tí.

Pero di: Ahora que te has quedado solo con las hojas mudas del otoño por única compañía,

¿No sientes  nostalgia de la primavera?

  Francisco Bermejo

 

 

 


 


 

 

 

 

De cuando fui un hombre he conservado
mis deseos insatisfechos.

Decapitadas ramas, nudos,
me deforman ahora que soy árbol.

¡Oh liso tronco de los abedules¡

Como antes envidié en los otros
fortuna, inteligencia, los envidio.

Qué nueva vida
me será dada
y de qué manera me acompañarán.

 

 

Aureliano Cañadas


 

 

 

 

 

Si mañana cuando pases

no me brindas tu sonrisa,

voy a pensar que en la brisa

se fueron mis ilusiones.

 

Tristes serán las canciones

que mi cuatro entone quedo,

ya que sin ti yo no puedo

alegrar mi melodía.

 

Amargos serán mis días,

triste mi peregrinar,

y quizás no logre nunca,

amor, poderte olvidar.

 

José Manuel Escobar

https://youtu.be/oQbZfDUxSxo

 

 

 

 

 

Dama, inmóvil, esbelta, altanera.

Promesas recortadas al fulgor

del astro rey, que en su furor,

un negro manto sobre ti derrama.

Rostro secreto, impertérrito,

de rasgos ahora difuminados.

Eleva sobre tu pétrea cabeza,

la máscara, de sonrisa puesta,

que tu rostro antes amagaba.

Ana Millás

 

 

Francisco de Paula Martí Mora

 

Estamos ante un hombre ilustrado, erudito, afable, ingenioso, polifacético, que se empeñó en dar alcance a las palabras. Y lo consiguió. Hizo suya la máxima: Corran cuanto se quiera las palabras, la mano todavía corre más: la lengua no ha concluido todavía, cuando la mano ya ha dado fin a su acción.

Se trata de un estenógrafo pionero; del inventor y adaptador a la lengua castellana de lo que dio en llamarse taquigrafía, o, como él tituló su obra: el arte de escribir con tanta velocidad como se habla y con la misma claridad que la escritura común.

Esta pretensión no era nueva; venía de antiguo: desde los fenicios, los griegos, los romanos; pero Francisco de Paula, a partir de otros precedentes, fue el mejor de su tiempo y el introductor en España de esta compleja técnica gráfica, amalgama de gramática, lengua y geometría.

Y no contento con ello y para ganar la batalla de la velocidad al humilde lápiz, tributario del sacapuntas, y a la pluma común, necesitada de ser entintada constantemente, inventó la pluma-fuente, la pluma-recipiente, la pluma gordezuela que dio en llamarse estilográfica, y fue más adelante comercializada por los fabricantes Shaeffer y Parker.

Su método se introdujo enseguida en la vida parlamentaria española, como una necesidad ineludible para dejar constancia de los debates, frecuentemente apasionados y vivaces, y propició aquella significativa y famosa frase de Antonio Canovas: Yo para gobernar no necesito mas que luz y taquígrafos.

Ciertamente la palabra en libertad, la libertad de expresión, pertenece al corazón mismo de la democracia; pero como a las palabras se las lleva el viento, es preciso dejar constancia de ellas, se pronuncien a la velocidad que se pronuncien.

Luz y taquígrafos es una expresión que escuchamos con frecuencia, y mantiene su vigencia al oponerse frontalmente al oscurantismo, a la manipulación y a la evasión de responsabilidades.

Francisco de Paula Martí Mora: el polígrafo; el artista del signo.

 

Juan de Amiano

 

 

                                                                  MUJER ROTA

 

 

                                                                               Se desmayó en gris el blanco

                                                                               de tu vestido de novia.

                                                                               Rodaron como las horas

                                                                               las perlas de la desdicha.

 

                                                                              ¿Quién dijo que traían mala suerte?

 

                                                                              Cierras las puertas al llanto;

                                                                               habitación incendiada

                                                                               y haces leña de los muebles

                                                                               alimento de tu hoguera.

 

                                                                              Si crees que llorar es necesario,

 

                                                                               hazlo antes de que hierva el agua.

                                                                               Olvida que sinrazón

                                                                               desmayó la mano alada

                                                                               sobre el fuego redentor.

 

                                                                               No es fácil ser mujer hecha de encajes.

 

                                                                               Puedes huir tras las cenizas,

                                                                               no ser fiel a tus principios.

                                                                              Comienza desde la niña

                                                                               y reescribe el poema.

 

                                                                                     Arturo Amez

 

Gregorio Orosa

Aquí, en El Retiro frente al gran estanque, Gregorio Orosa (Manolete), peso pluma, que fue campeón de España de ligeros.

Aquí Gregorio Orosa, el látigo, a sus noventa y dos años, haciendo ejercicio cada mañana para mantenerse en forma.

En su boca un piñón al que acuden las palomas.

Aquí Gregorio Orosa, el irreductible y eterno luchador.

Juan de Amiano

 

https://www.youtube.com/watch?v=ki3MNRCEQYs

 

 

                                                                                    

                                                                              

 

                                                                            El cazador de sombras

 

 

                                                                                                            

Aquel hombre vivía en un pueblo rodeado de montañas estériles, calcinadas por un sol implacable, sin un árbol, sin una brizna de hierba, azotado por el viento polvoriento y ardiente como el soplo de un horno recién encendido.

La luz cortaba la realidad a hachazos sin dejar un resquicio para las sombras ni para imaginación alguna.

Un día viajó a Madrid y conoció los jardines del Retiro. Sus ojos asombrados y heridos de tanta luz encontraron por fin la penumbra, la sombra de un mundo vegetal para él desconocido.

Sintió el ruido de las hojas caídas bajo sus pies, el olor de la hierba, de la tierra húmeda, de los cipreses, de los altos pinos. Paseó por sus oscuras avenidas, descubrió estatuas como fantasmas blancos de mármoles corroídos por los años.

Admiró aquellos árboles que ascienden desde un lecho de sombras hacia un cielo solo vislumbrado en pequeños relámpagos de azul entre las frondas.

Llegó hasta la rotonda donde el otoño convirtió los chopos, los álamos, los sauces, en antorchas vivas.

Y volvió un día y otro día, hasta que regresó a su tierra, a su casa; una casa con ventanas que golpeaban empujadas por aquel viento que se colaba por las rendijas, haciendo chirriar todas las puertas.

Una tarde cerró puertas, ventanas y postigos, y allí agazapado como una fiera al acecho, sin ruido, esperó el avance de las sombras para sentir ese temblor, ese miedo y esa irrefrenable atracción que siempre había sentido por las tinieblas. Quizás en lo mas hondo de su memoria permanecía el lejanísimo recuerdo de una hiriente luz que lo arrojó desde arriba al oscuro abismo. Y, como el cazador furtivo que se recrea contemplando su presa, se dirigió al armario, sacó un álbum que el mismo había confeccionado, y fue extrayendo, una a una, la manada de sombras que con su cámara cobrara allá en los jardines del Retiro.

 

       Luis Cañadas

 

 

 

                                                                                               

                                                    

                                                         Dubi Pepinillo

 

¡ Dubi, muchacho, qué elevado estás en tu particular silla de paseo ¡

Los simples paseantes pegados a la tierra, al verte pasar tan sereno y ensimismado en la música de tu acordeón, admiramos tu gratuita osadía y sentido del juego, y te deseamos mucho éxito y perseverancia, para que el más difícil todavía, te conduzca a alturas desafiantes e impredecibles.

 

Juan de Amiano

 

 

Cuando aparecen

acompaño mis miedos

hacia la nada.

 

 

María Antonia Rodríguez

(verano 2017)

 

 

 

     En el Calvario

 

Cae al suelo el condenado a muerte,

vencido por el peso de la cruz y las heridas.

Nadie se acerca por miedo a los soldados.

Una mujer alta, de rostro sereno y ojos color miel,

se inclina a su lado y le seca la sangre del rostro.

Los romanos no se atreven a intervenir,

algo en su mirada les detiene.  

El reo se levanta de nuevo con su ayuda,

y,

prosigue el camino del calvario.

 

Almudena Gómez de Cecilia

 

                           Santa Faz

 

                  Con lágrimas tejidas

         pone Madre blandor sobre la piedra


                  y la hace rostro al fin. 

 

María Esperanza Párraga

 

 

 

 

                      Trombón de varas

A lo largo de sus varas viaja y se forma el viento que al fin emerge sonoramente en su boca metálica y dorada de trombón: trombón de varas.

¿Quién está detrás soplando apasionadamente y creando este viento, a veces tierno y otras, huracanado?

Es Carlitos, el trombonista:

profesional, músico, y cubano.

 

Juan de Amiano

 

 

 

 

Benito

 

Qué enorme y prolífico escritor fuiste, Benito.

Muchos en la adolescencia nos iniciamos en la lectura con tus famosos Episodios nacionales: Trafalgar, La corte de Carlos IV, Bailen…

Imposible no recordar algunos de tus entrañables personajes, como aquel profundamente humano: la protagonista de tu novela Misericordia.

Después, la fuerza de tus tramas argumentales influyeron poderosamente en Luis Buñuel y propiciaron impresionantes películas como Nazarín y Tristana.

No sé si hoy eres muy leído; probablemente no.

En cualquier caso te perpetúas en la memoria colectiva mediante la hermosa estatua-retrato que de ti hizo Victorio Macho y fue inaugurada, contigo presente aunque ya invidente, en los Jardines del Buen Retiro de Madrid, muy cerca de la Rosaleda.

Hermosas las manos entrelazadas; ensimismado tu rostro.

Una escultura en piedra caliza blanda, que sufriendo la erosión del tiempo, el sol, la lluvia, el viento, los excrementos de los pájaros y las pedradas de los niños, se va desvaneciendo, como la memoria de quienes fuimos tus lectores, que, aunque en este momento no te leemos, te recordamos con afecto y te rendimos homenaje, Benito.

Benito Pérez Galdós.

 

Juan de Amiano

 

 

 

 

DIÁLOGO DE LOS AUSENTES

 

(Teatro mínimo para ser leído)

 

 

En esta obra de teatro mínimo no hay reparto. Es una obra para ser leída, no representada. Lo dos personajes han de ser imaginados por el lector.

La escena representa el rincón de un parque. El suelo es de adoquines que están brillantes, quizá, por una reciente lluvia. Al fondo, en los laterales, a derecha e izquierda, sendos bancos de piedra. Entre los dos bancos, en el foro, montones de hojas caías recientemente de los árboles.

Un leve rayo de sol ilumina la escena y da a todo el espacio un color casi mágico.

(Imaginamos también que desde el proscenio avanza hasta el fondo un personaje. En su caminar, lento, pausado, sigue la línea recta que separa los dos conjuntos de adoquines. El personaje imaginado tiene voz de hombre).

 

VOZ DE HOMBRE.- Hace años esto era diferente. El sol brillaba más y el suelo no tenía este halo de tristeza. Quizá el paso del tiempo cambia nuestro punto de vista. (Pausa) Bueno, cambia nuestro punto de vista o cambiamos nosotros. Seguramente yo no soy el mismo de hace… ¡qué sé yo! de hace cuarenta años. (Se sienta en el banco de la izquierda y queda pensativo) A pesar de todo hay algo de este rincón que me atrae, que me hace volver.

(Ahora imaginamos que otro personaje entra por el fondo. Arrastra los pies por entre las hojas, como dándoles leves patadas, y toma asiento en el banco de la derecha. Este personaje que imaginamos tiene voz de mujer)

 

VOZ DE MUJER.- (Con voz de fingida sorpresa) ¡Has vuelto!

VOZ DE HOMBRE.- Sí, ya lo ves, de nuevo aquí. A pesar de todo, regreso; a pesar de la tristeza que siento… aquí estoy un día más.

VOZ DE MUJER.- Si te pone triste este rincón ¿porqué acudes?

VOZ DE HOMBRE.- No lo sé. Hay cosas que se escapan de la lógica; que se hacen, sin duda, por alguna razón, pero que la desconocemos. Tengo mis dudas.

VOZ DE MUJER.- ¡Tú y tus eternas dudas! Siempre fuiste dubitativo, incapaz de tomar una decisión… eso era algo que me desesperaba. Lo sabes. (Pausa) Prefiero una y mil veces cometer un error a quedarme con los ojos abiertos, un signo de interrogación en la frente y las manos abiertas… en espera de que otro decida.

VOZ DE HOMBRE.- Sabes que siempre admiré tu capacidad de decidir, pero yo no era como tú… (Rectificando) No soy como tú.

VOZ DE MUJER.- Confundes los tiempos: te vas del presente al pasado… sin apenas meditar.

VOZ DE HOMBRE.- (Con enfado) ¡Deja de dar lecciones! No me digas lo que debo de hacer y lo que no, no olvides de durante años, incomprensiblemente, convivimos. Sabes cómo soy… y creo saber cómo eres tú.

VOZ DE MUJER.- Posiblemente ninguno llegamos a conocer al otro. (Irónica) Bueno, no discutamos. A fin de cuentas, para un rato que nos encontramos no vale la pena amargarlo. Pero no me digas que no es curioso que aparezcas por aquí con tanta frecuencia.

VOZ DE HOMBRE.- (En tono de reproche) Lo mismo que tú. Tú también acudes. Los dos acudimos y, creo que no sabemos las razones. Intuyo que es una perversa atracción lo que nos hace volver, un intentar revivir lo pasado.

VOZ DE MUJER.- Tal vez quieras reescribirlo… queramos.

VOZ DE HOMBRE.- Es posible, tal vez haya algo de eso. Un deseo escondido.

VOZ DE MUJER.- Eso no es posible. El pasado fue, ya no es. Imposible volver atrás y modificar nada. El consuelo que nos queda, si puede llamarse consuelo, es que no podemos volver a cometer los mismos errores.

VOZ DE HOMBRE.- Fue dura la convivencia, en ocasiones fue dura. Si pudiéramos…

VOZ DE MUJER.- Lo peor fue la indiferencia. Vivir bajo el mismo techo, comer en la misma mesa… y apenas mirarnos a la cara.

VOZ DE HOMBRE.- Yo te miraba... pero bajabas la vista.

VOZ DE MUJER.- Era una mirada fría. No veía en ella el amor… ¡ni el deseo!

VOZ DE HOMBRE.- (Nervioso, baja la mirada) Es posible que… con el paso del tiempo… se llegue a la apatía.

VOZ DE MUJER.- (Muy explicativa. Con un punto de ironía) Sí, a vivir como dos hermanos, no como pareja, no como hombre y mujer. Sé que mi cuerpo… perdió encanto físico, pero a la vuelta de los años tú tampoco eras una escultura griega. (Ríe) Pero el deseo debe nacer del cariño y eso… ¡lo perdimos hace tiempo!

 

(Se hace un silencio. Una larga y agobiante pausa. Ambos bajan la mirada y entrecruzan los dedos en un intento de disimular el nerviosismo. Quieren ocultar su verdad)

 

VOZ DE HOMBRE.- Tuvimos momentos felices, no lo olvides. Aquí, en este rincón precisamente. Recuerda aquellas tardes… y algunas noches de verano… Hacíamos proyectos, planeábamos un futuro…

VOZ DE MUJER.- (Riendo) Sí, y corríamos de los guardas cuando, por besarnos en público, trataban de detenernos… o al menos de multarnos.

VOZ DE HOMBRE.- ¿Lo ves? Lo recuerdas con detalle y con agrado.

VOZ DE MUJER.- Pero los recuerdos son solo eso: pasado. Lo que no se puede modificar. Lo que permanece inmutable aunque al observarlo ahora nos parezca encantador. La memoria es selectiva: retenemos lo agradable e incluso a lo desagradable le damos una pátina de encanto para hacerlo, digamos, digerible.

VOZ DE HOMBRE.- Creo que, como casi siempre, tienes razón. Si sintiéramos el pasado tal como fue no lo podríamos resistir. Sería… demasiado doloroso.

VOZ DE MUJER.- Ya no nos puede doler.

VOZ DE HOMBRE.- Pero sí podemos percibir.

VOZ DE MUJER.- (Con dudas) Bueno… no estoy muy segura de ello. Ya ves que yo también tengo dudas.

VOZ DE HOMBRE.- ¡Ya! sí, observo que… a pesar de tus reproches…

VOZ DE MUJER.- ¡A pesar de mis reproches caigo en el mismo error! En las dudas. Tal vez eso nos hizo sucumbir.

VOZ DE HOMBRE.- Creo que es malo estar seguro de todo. Ser relativista es… como buscar la verdad más absoluta… sabiendo que no existe ¡qué ironía!

VOZ DE MUJER.- (Continuando la frase) Y mientras la buscábamos caímos en la más absoluta de las soledades. Pero ya hace años que todo eso terminó, sólo nos resta encontrarnos aquí y dejar que trascurra la eternidad.

VOZ DE HOMBRE.- Mira… si nos estamos encontrando con frecuencia es porque algo sentimos. Nos agrada venir, nos sentimos bien encontrándonos aquí, en este rincón del parque. ¿Cual es el conflicto?

VOZ DE MUJER.- (Resuelta) ¡Ninguno! Y eso es lo peor, que este es un drama sin conflicto (Con tono triste) que son los dramas más aburridos, los que no interesan a nadie.

 

(El lector imagina que la luz del sol va decayendo, que se hace un lento oscuro, mientras que las dos voces –la del Hombre y la de la Mujer– se apagan y sus siluetas, casi intuidas, se evaden por entre los árboles.

En la escena siguiente, si la imaginamos, podríamos ver cómo alguien se acerca a los bancos y deja, en cada uno de ellos, un par de rosas rojas. Las dos voces siguen ausentes).

 

 

Salvador  Enríquez

 

                          

 

 

Juan, saxofón tenor, rumano, fiel a los jardines del Retiro durante los últimos 15 años. Le podemos escuchar todas las mañanas frente al gran estanque.

 

https://www.youtube.com/watch?v=2DukqzIXLFo&feature=youtu.be

 

 

 

 

    ¡Oh, si las flores fueran eternas!
 
  y el fulgor de las armas brillara para siempre. 
    El cielo estallaría en fuegos inextinguibles
 
  y este ser que no existe nacería. 

  Los cristales que rompieron el silencio
   reverberarían en el véspero al fin, 
   y la canción de aquel que la ha olvidado,
 
 de luz y el color que la resucitaría. 

  Versos lucientes uno tras otro
 
 como sierpe de recuerdos hundidos
 
  en los desvanes de la memoria;
 
 mendigos de amor que nadie ofrece. 

  Así como morimos de ansia insatisfecha,
 
 así enterramos los puros y veraces deseos
 
 que nadie de los tuyos comprendía,
 
 en el pantano de los rinocerontes. 

  Si tu fueras el que debías haber sido,
 
 olvido en el cieno como hoy,
 
 me darías la paz y la rama de olivo.

 

 Lidia Falcón

 

 

 

 

Corcel en bronce, que encabritado te lanzas presuroso en carrera orbital hacia espacios siderales…¡quién pudiera embestir contigo la pared que nos oprime y encontrar eterna libertad sin yugo alguno!

Francisco Bermejo

 

 

    

Diálogo de la Bruma y el Invierno.

 

      La Bruma pasea en compañía del Invierno por las veredas vespertinas de estos jardines.  

     En su holganza juegan a crear espejismos... y transforman el huidizo nubarrón en montaña altiva que se alza sobre el seco follaje. Madrid por un instante se instala en mitad de una sierra eminente y estos jardines del Retiro se convierten en valle montaraz, perdido en una geografía inaccesible. Por eso sus senderos están vacíos. Nadie osa arriesgarse a incursionar por estas peligrosas cañadas. Tan sólo, la Bruma y su amado el Invierno. 

     La farola no puede dar crédito al prodigio y olvida encender su único ojo ciclópeo, para que la quimera pueda reinar aún durante unos instantes sobre el soñoliento paisaje.

 

    Antonia Bueno

 

 

    

Larga es la mano del amor

y la sombra que deja,

con tus pequeños dedos

tocarás lo imposible

y lo harás tuyo

en un afán ingenuo

de poseer la dicha.

 

No te escondas ya más,

que el tacto tenue

te ha dejado la huella

del silencio del sol

en tu rostro de piedra,

hoy humano en su luz,

alado en su penumbra.

 

María Esperanza Párraga

                                                                                                                                                                                                    

                                          Cupido y su carcaj

De las muchas saetas que lanza Cupido, es fundamental saber cual es la que da en la diana.

Cuando Cupido dispara su flecha con éxito, dos corazones quedan prendidos al mismo tiempo y con la misma fuerza.

Si acierta en el blanco, alcanzamos la dicha más alta; si falla, la pena más honda.

 

Almudena  Gómez de Cecilia

 

 

 

                             

                

                                                                              Extravío

 

Miré alrededor. El silencio que me rodeaba y una mirada entorno mío, confirmaron mis sospechas. Me había perdido. Me detuve cámara en mano para sacar algunas fotos que luego me permitieran recordar con exactitud los momentos vividos en aquel viaje y cuando regresé a la realidad, mi grupo ya no estaba allí. Al descubrir que me había quedado solo, sentí desazón, después una extraña sensación de libertad. Respiré hondo. El aire fresco y cargado de aromas dulces, propios de la primavera, invitaba al paseante a dejarse llevar. Me internaba casi sin quererlo en aquel bosque, guiado por el murmullo de los árboles que anunciaba el atardecer. Las sombras pronto se alargarían y el sol todavía a medio camino hacia su ocaso, desplegaba una gama de tonos dorados que se oscurecían hacia el Este.

Desde niño, siempre me gustó la sensación de quedar envuelto en la Naturaleza. Seguí mi camino hacia ninguna parte y llegué hasta la entrada de un pequeño palacete, que sin duda, había conocido mejores tiempos, en cuyas salas se escucharon en pasadas épocas, el rumor de la seda y la música de cámara. Tentado por la magia del anochecer, me senté en la escalinata que subía hasta las puertas de madera tallada, mientras las sombras me seguían a su modo lento, casi imperceptible, pero inexorable.

Mi posición era la de un invasor que desea habitar un mundo que en absoluto le corresponde, no obstante, decidí permanecer sentado, desafiando al tiempo que se detenía en cada escalón, entre el pasado y el presente. Las sombras, cada vez más oscuras, se tornaban hostiles a mi alrededor y me interrogaban. Sabían bien que no tenía derecho a estar allí. Su inquietud era legítima, yo debía regresar a mi mundo, si es que existía aún. Me levanté con desgana. Los árboles, ahora ya convertidos en amables fantasmas grises, me abrieron paso con cierta cortesía. Me volví para contemplar por última vez la escalinata, que aún despedía una extraña luminosidad blanquecina. Una ráfaga de aire frío me recordó que debía continuar mi camino. Recorrí varios senderos en la oscuridad, hasta que pude distinguir a lo lejos las luces que anuncian la civilización. En el hotel me esperaban las recriminaciones de nuestro guía y de mis compañeros de viaje. Suspiré. Había valido la pena.

 

Almudena Gómez de Cecilia

 

 

 

 

                                   

 

 

Dime dónde arranca la piedra su ternura de vegetal,
su noche
¿en qué raíz del cuello la savia se hace sangre?,
mosaico en vertical, 
enredado en espacio para que tu lo veas 
dentro de la oscuridad de la distancia.
Ponle ojos donde la piedra duele
para que el también mire
nuestro rostro dormido,
silente,
              y se sorprenda. 

 

María Esperanza Párraga

 

 

Mossèn Cinto Verdaguer

 

 

He aquí a Jacinto Verdaguer, el príncipe de los poetas catalanes; el más importante poeta épico español; el autor de L’Atlántida; el que inspiró a Manuel de Falla a escribir su obra más ambiciosa.

El escultor ciñó sus sienes con una corona de hojas de laurel.

Quizás preferiría portar la barretina catalana cuando en la glorieta que preside en los jardines del Retiro,  se baila la sardana. algunos domingos.

Envuelto en frondas; el pensamiento ensimismado; la mirada lejana, puesta, quizás, en el viejo ermitaño que contó a Colón niño el antiguo mito de Atlantis.

Mossèn Cinto Verdaguer, el visionario.

 

Juan de Amiano

 

 

 

 

  

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Animal noble
 
su presencia se arrastra
 
sobre los miedos.
 

                                   

       

 

 

                María Antonia Rodríguez

 

 

 

                                                                       

                                                                           La niña

                                                                           en su imaginación,

                                                                           voló hasta el beso del caballo;

                                                                           no lo pudo tomar:

                                                                           estaba preso

                                                                           de la luz vegetal

                                                                           que en crin rodaba,

                                                                           le cabalgaba el alma paralela

                                                                           a punto de soñar...

                                                                           Volvió los pasos hacia sí

                                                                           y se hizo flor.

 

                                                                       María Esperanza Párraga

 

 

 

 

 

 

Desde aquí
la sombra
o el enjambre loco de tus ojos.

Desde aquí
la triste calavera del invierno
o el celo incesante  de los pájaros.

Desde aquí
el silencio solitario de los viejos
o el latido feroz de los infantes. 

Desde aquí
la luz
o el ocaso esparcido entre mis manos. 

 

María Alonso

 

                                         

 

                          

                           Si los árboles hablasen

  

Estoy tan inmóvil. No puedo moverme aunque lo desee con todas mis fuerzas.

Pasaron dos niñas vigilantes muy cerca de él, y la de los ojos verdes dijo: está tan inmóvil, y suspiró sin que la hermana lo notase en absoluto.

La niña de los ojos grises acarició, casi sin darse cuenta, el tronco rugoso, pero no se atrevió a mirar  cara a  hojas a la copa algo más arriba. Al contacto de la mano, el árbol dejó caer una flor pequeña y pálida que no se posó sobre ninguna de las dos, sino que quiso huir como un grito diminuto que dieran las ramas.

No fue muy lejos cuando cayó rendida al suelo, y  el árbol y las dos hermanas lanzaron un mismo suspiro: Si los árboles hablasen.

Al tronco se le encendieron las fechas y los nombres, pero no dijo nada.


Estuvieron allí sentadas hasta que al caer la tarde, sobre la copa del árbol, llovieron hojas.

Y se marcharon sin volver la vista atrás, y sin saber si el árbol dormía.

 

José Bolorino

 

 

 

 

Dicen que el rostro de los leones desfigura las piedras,
las hace ocre llanto, sangre desdibujada,
donde antes lo amorfo permanecía singular y feliz. 
 
Sea la voluntad del ocaso y su lluvia,
del sol y su silencio...

 

María Esperanza Párraga

 

 

                                                                  

 

                                                               Cada vez que te busco

                                                           en mi camino

                                                     te veo más grande y luminosa.

                                                 Creces para que te mire

                                          y no busque otro beso,

                                    celosa de otra mirada sin dueño.

 

           Y pensar que solo eres un  beso

       que volqué en ti,

    tierra seca aquella tarde

 de alma entregada. 

 

Tan sólo un  beso, el beso más sombrío jamás dado

         ahora crecido

                arrancado de su propio perfil

                      para envilecer mi recuerdo

                            derrumbar mis pasos

                                 y hacer que me detenga.

 

Mancha de luz clavada

    que me das tanto

         que ya qué me importa

               que un día de sol me engañe con un día de lluvia

                    si esa lluvia moja por primera vez

                            una desesperanza nueva

                                   tan profunda y eterna

                                           como lo fue la esperanza.

 

 

                  Lo Uno y lo Otro

                        deseando no encontrarse nunca

                              pero mirándose

                                  siempre mirándose

                                        para evitar el beso.

 

                                    Será entonces

                                        tal vez la nada

                                              una fresca

                                                  aspiración.

 

 

 

                                     José Manuel Arias

 

                                                                                                                                                                                                   

 

 

 

Elogio de lo divino

 

Este hombre a caballo de la noche nos lleva a Dios. Su belleza da testimonio del don de Ciencia del Espíritu Santo, por el que conocemos las cosas creadas en lo que son, en lo que tienen de divino.  

Las cosas naturales nos llevan a Él. No están aisladas las naturalezas, ni meramente yuxtapuestas, sino trabadas  entre sí en un universo que les presta unidad y las subordina a Dios. 

También es cierto que las cosas creadas pueden apartarnos de lo divino; que  podemos  quedarnos con la belleza sin comprender  en qué participa la Belleza.

Aquí está este hombre nocturno sobre un caballo tan sólido que dan deseos de montarlo; aquí este mundo vegetal con  las artísticas ramas de los árboles; este mundo mineral de pétreo fundamento, en el que tan firmemente se apoyan los cascos del caballo. 

Tres mundos iluminados y reconocibles gracias a la luz que viene del cielo y cuyos  matices están  inspirados por  los distintos influjos del Espíritu Santo en los hombres; por los diversos caminos de la tierra figurados en las ramas de los árboles. 

Ahora bien: si no hubiera luz no habría imagen. El cielo con una incomprensible y purísima luz blanca ilumina al caballero noctámbulo. Es la luz de la verdad, con  la que  Dios desvela el misterio del hombre; le  revela al hombre lo que el hombre es. 

El caballero, su mundo, su luz, conectan con el aliento poético del Cántico espiritual (…y pasando entre las cosas creadas las vistió de su hermosura); con las bellísimas frases de Jesucristo invitándonos  a contemplar los lirios del campo y los pájaros del cielo; con  el Cántico de los tres jóvenes en el horno ardiendo. 

Este cielo que ilumina y no ilumina, con unos negros que, casi, infunden miedo, nos recuerdan aquel Salmo:                             

              Los cielos pregonan la gloria de Dios,
              y el firmamento, obra de Dios, le alaba.
             El día habla al día   
           
 y la noche le dice sus pensamientos a la noche.     

 

Francisco Ansón Oliart

 

                

 

   

Santiago Ramón y Cajal está vivo. Su obra inmensa proyecta una sombra de sabiduría y acción en la neurobiología del hoy y del mañana.

 José Manuel Rodríguez Delgado

 

 

 

 

     

 

 

 

 

      Al mediodía

    el farol apagado

     siente nostalgia.

 

 

 

 

 

    María Antonia Rodríguez

 

 

 

 

 

 Memoria de los jardines del Retiro 

 

En mi juventud, frecuentaba el parque del Retiro. Llegué a conocerlo palmo a palmo. En él concebí alguna de mis obras. Tomaba notas de cuanto veía y quise conocer su historia.  

Algunas páginas, hoy perdidas, llené con mis impresiones. Supe entonces que, en tiempos de Felipe IV, se celebraban, en el estanque grande, farsas acuáticas y mitológicas fiestas teatrales para disfrute de la realeza. Maquinaria, tramoyas, luces y toldos se instalaban sobre barcas. 

 No era fácil imaginar que allí hubieran tenido lugar fingidas batallas navales con grandes alardes pirotécnicos o que ricas y lucidas góndolas hubieran surcado sus quietas aguas, luego sucias y recorridas por una motora que se abría paso entre un sinfín de barcas de remos tripuladas por jóvenes parejas, estudiantes que hacían pellas y, los domingos, por reclutas. 

 En aquel escenario se representaron obras como Certamen de amor, y Celos o Los encantos de Circe. En esta última, una isla central, que ya no existe, aparecía revestida de corales y moluscos. En  ella nacían cascadas de agua que vertían al estanque. La diosa del mar le cruzaba en un trono flotante tirado por grandes peces y escoltado por nereidas y tritones.  

También aparecía Ulises en su barco dorado adornado con gallardetes. Y quedaba espacio para mostrar un palacio de oro y mármol rodeado de jardines con estatuas y hasta para que de las entrañas de la tierra surgiera, por voluntad de Circe, una mesa llena de manjares y buenos vinos.

 

 

Otros, en nuestro tiempo, también pensaban que el Retiro era un buen lugar para hacer teatro al aire libre, durante el verano. En la Chopera se representaban zarzuelas ,y en el paseo de la Argentina, cerca del salón del estanque, vi a un joven y prometedor Adolfo Marsillach representar, junto a Amparo Soler Leal, Los locos de Valencia, de Lope de Vega.  

Muy cerca, un teatrito de títeres que regentaban Francisco Porras y su mujer, Tina d’Urueña, reunía las mañanas dominicales a numerosos y gritones niños. 

Algo de  teatral tenían los conciertos que la Banda Municipal ofrecía en el templete de la música, sobre todo cuando el maestro Arámbarri invitaba a Pablo Sorozabal, espectador ocasional, a coger la batuta. ¡Que gran actor cuando marcaba el compás con el corto bastón!  

También había un escenario, reservado para clientes de pago, en la sala de fiestas Florida, que yo, demasiado joven y sin recursos, jamás visité. Si escuché, en cambio, la música cabaretera que escapaba de su interior. 

 Más adelante, Juan Margallo  y sus compañeros de Tábano convirtieron una zona arbolada en selva virgen y la llenaron de fantásticos escenarios recorridos por actores y público infantil en busca de misteriosos tesoros. Y hasta Els Comedians, no recuerdo ya con que motivo, invadió el Retiro con una legión de demonios e iluminaron la noche con el resplandor de los fuegos artificiales. 

 Ayer, como aquel que dice, los paseos del parque se llenaban de músicos, mimos, titiriteros, echadores de cartas y prestidigitadores…

 

Mi fantasía fue añadiendo a éstos, otros escenarios posibles en los que yo situaba la acción de obras que nacían y morían en mi imaginación: las ruinas de una iglesia en el cerro de los gatos y el monumento-biblioteca de los Quintero fueron algunos de ellos.  

Nunca di ese destino al Palacio de Cristal, seguramente porque, cuando lo visitaba, estaba lleno de objetos artísticos. El singular recinto acristalado era para mi, antes que espacio teatral, sala de exposiciones. Dejé de frecuentar el parque y de soñar escenarios y escenografías. Han pasado los años.

Y llega a mis manos esta imagen del interior del Palacio de cristal. Al fondo, en el ángulo superior izquierdo, las cristaleras de su fachada ,y, proyectadas sobre el suelo, las sombras de las columnas que las enmarcan y sostienen, casi paralelas.                

Inútil buscar el punto de fuga en el que convergen. Estará perdido entre los árboles que se adivinan fuera. Hay otras columnas en el interior, dos en concreto. Columnas esbeltas, discretamente situadas. Donde están no estorban.

 

Veo, pues, un espacio vacío. Espacio desnudo y amplio. Un espacio como el imaginado por Peter Brook para acoger actos teatrales. Un escenario, en suma.                     

 

 

Desde mi casa, lejos del Retiro, contemplo ese lugar que nunca relacioné con el teatro y, antes de que alguien se me adelante, empiezo a llenarlo de personajes, de mis personajes, los que en aquellos ya lejanos días esbocé para las obras que nunca escribí. 

Voy recordando sus nombres: Ainafis, Mixos, Ainatisul, Gazapo… Había también un fauno y un hombre sin cabeza. Los imagino actuando en ese lugar mágico, recitando las palabras que voy inventando para ellos. Me embarga el milagro de la representación.  

Cuando concluye, cierro los ojos. Cae el telón. Oigo, a mis espaldas, los aplausos del público. Cuando se extinguen, coloco la imagen sobre la mesa del despacho, en lugar visible. Vuelvo a contemplarla. Nadie en ella. Está preparada, de nuevo, para que yo pueda continuar jugando al teatro.

 Porque el teatro es un juego. Mi juego preferido. 

                

                     

 Jerónimo López Mozo

 

 

 

 

 

 

 

 

POR QUÉ NO FUI DOTADO

 

Más que darme la luz,

me  hiciste la luz misma,

la posibilidad

de ser el mensajero

que, súbito, llevara tu palabra

cuando palabra y hombre

naciesen;

de penetrar los muros

herméticos del tiempo

que circundan su vida;

de poseer en tal grado belleza,

que en un adolescente

sería puro estigma

si alguna vez alguno la alcanzara.

 

¿Por qué no fui dotado de ese instante

que al mortal perpetúa?

 

 

 Aureliano Cañadas

 

 

 

           El Hombre de Bronce

 

-Y porque primero fue el verbo, puedo gritar que toda la furia contenida en este cuerpo de bronce, al que un hombre dio vida tallando un molde con sus manos, estalla en esta mi garganta helada y silenciosa, con el grito que enseña mi voz muda, un grito que jamás oirás pero que te ensordecerá verlo.-

 

El Ángel Caído, fue el único lo bastante distinto para que Él le enviara a este destierro, fue el que desafió a Dios, por eso el Hombre de Bronce le admira y le envidia.

 

-Sé que custodias a otro ángel, tú ángel caído, al primer ángel caído que un rey ha colocado en tu jardín, desafiando la tradición de los parques, y tu grito no se ahoga, y vuestra mirada de piedra, que nada mira y que nos hace imaginar que tanto ve, nos conmueve.-

 

El Hombre de Bronce siempre fue una estatua y nunca se calló.

 

 

Carmen Fernández Peña

 

 

 

 

 

 

Áspera región de brazos levantados,

altiva flecha extenuada

de la que pende el cuerpo dolorido

en un tenso azul de lejanía.

 

Árboles desnudos,

débiles cual esperanzas frágiles,

se esfuerzan por hacer más llevadera

la consumación del desamparo.

 

Viejo tronco enhiesto, duro,

sostén del mundo que se esconde,

clavado en la cima del olvido

sobre un túmulo de tierra estremecida.

 

Y, en el centro, un ojo vacilante,

luz eterna, y profecía

del fondo oscuro de las almas,

dónde se debate la sombra de la muerte.

 

 

 Juan Polo 

 

 

 

 

QUE LA TIERRA TE SEA LEVE

 

 

No los escuches. La fealdad te es ajena, mi luminoso amigo.

Simpático. Bello. Elegante. Tierno.

Un universo de palabras no acertaría a describirte.

 

Tu imponente y dorada papada, regia, de cualidad vegetal.

El tenue brillo de diminutos diamantes, en la mina oscura de tus patas.

Tu piel, poderosa y rotunda, hecha de cuentas de infinitos collares.

             La inocente vida de tus ojos, escrutando el futuro. Confiados.

Esa boca generosa, esbozando una sonrisa que invita al beso.

A ese fino olfato, que se antepone a tu figura entera, llegan gentiles aromas de una dicha que, sin duda, aguardas.

 

Ahí enfrente, rasgando las tinieblas, avanza a tu encuentro el destino.

 

Esperas ver al dios de los saurios, transportándote al paraíso, y es la larga sombra del hombre-noche la que te engulle.

Y te aplasta, y te destruye, devolviéndote al limo del que surgiste.

 

Descansa en paz, hermosa criatura. Mis lágrimas son ahora tus diamantes.

 

Que la tierra te sea leve.

 

Purificación Rodríguez Díaz

 

 

 

 

Estoy acostumbrado a crecer verde con la lluvia y la luz del sol. Pero, ahora que algunas personas  parecen necesitar a  la Naturaleza, tiemblo de ansiedad. 

Dawei Ye

 

 

 

 

Miguel Moya Ojanguren

  

Quienes te conocieron, dijeron de ti, Miguel, que eras una persona de mirada serena y afectuosa, de gesto paternal, ademán y semblante armonioso.

Tu amigo Mariano Benlliure decidió esculpir tu rostro severo, reconcentrado, posiblemente para destacar la importancia de tu prolífica vida profesional, de literato, profesor, fundador de periódicos y asociaciones, director de empresas, republicano insobornable, diputado y senador brillante.

O quizás optó por un gesto de preocupación por la escasez de medios de algunos de tus colegas, cuyos entierros debieron ser sufragados por la caridad pública hasta que tú creaste la Asociación de la Prensa.

O bien pudiera reflejar tu rostro perplejidad y turbación ante una faena taurina de una de esas corridas de la Prensa, de las que también fuiste fundador.

Muy cerca de tu estatua, a escasos metros, la de otro gran amigo tuyo: Benito Pérez Galdós.

Sospechamos que en los parques, las estatuas cercanas de los famosos, especialmente si se trata de quienes fueron amigos, hablan entre sí por las noches.

Los que no somos, ni seremos, estatuas, no llegamos a imaginar de que asuntos tratan.

¿De que hablas, Miguel, si es que hablas, con Benito?

¿De literatura, de política…., de toros,…quizás de algún amor inconfesable,…..del tiempo?

 

                                                                              Juan de Amiano

 

 

                       

 

 

                    

                        Por el estanque                                  

                  las  vidas se acompañan

                      con ritmos nuevos

 

 

 

 

 

                María Antonia Rodríguez

 

 

 

 

       Me apasiona esta muerte tan española,
                      tan fetén,
                      tan nuestra,
                      tan escondida,
                      tan dulce y tan amarga,
     como casi todo lo español-folklórico-cañí.

Quiero esconderme en las volutas de su enroscado flequillo
y llegar al sueño de los justos
cubierto por ese pesado manto de viudez
y pasión contenida;
sueño con el silencio iluminado de las sombras
para trascender la vida
plenificándola en la no-muerte.

 

 Antonio López                 
                                            

 

 

   Yo me he enfrentado a esta muerte española, que  ataviada con peineta y agazapada en la sombra, está  dispuesta a salir de su hermetismo y precipitarse sobre cualquier ser vivo.  

    Pío Baroja, hablando del paso del tiempo y de las horas, decía haber visto en uno de esos relojes de sol antiguos, una leyenda: todas hieren, la última mata.    

    Esta muerte española, esta vivencia, esta amenaza latente, esta presencia insoslayable, intuida, conocida por la experiencia y parcialmente entrevista, pues la muerte en alguna medida se deja ver, adivinar, e incluso, en algunas ocasiones, se hace desear; esta muerte, española o no, en esa última y precisa hora, saldrá súbitamente de la sombra y consumará su misión. 

 

Juan De Amiano

 

 

 

                          Homenaje al árbol.

Mucho antes de que nosotros, los humanos, holláramos la tierra, te levantaste, árbol, fieramente erguido hacia los cielos. Y hacia su inmensa altura alzaste, como tantálicos brazos, tus ramas y la cabellera frondosa de tus hojas.

También nosotros, hechos de arcaico polvo y de materia sideral, puestos en pie, levantamos al firmamento nuestros ojos. Y al contemplarlo, maravillados, surgió nuestro pensar y nuestra filosofía. No nos basta, como a ti, árbol, el horizonte de la madre tierra, mucho más efímeros y frágiles que tú, pascalianas cañas, tenemos, también, hambre de cielos infinitos.

Pero tú, árbol, nos das una alta lección en estos tiempos de barbarie. Maravillosa fábrica viviente eres. Arrancas del humus sus más fértiles sustancias y en prodigioso esfuerzo las conviertes en la belleza de tus flores y en sabrosos frutos. No fabricas, como nuestra más potente industria, la bélica, ingenios de destrucción y muerte sino belleza y vida.

¿Cuándo aprenderemos tu enseñanza?

Al vernos tan descaminados y ciegos te encolerizas. Cuando el viento agita sus ramas parecen los árboles gigantes furibundos, capaces de poner en espanto al caminante. Para verlos como gigantes no hace falta la locura quijotesca, basta con mirarlos y sentir el ulular de sus bramidos.

 

 

Cuando los árboles se reúnen forman un ejército inmóvil, una ciudad regida por la Naturaleza. Son los bosques y selvas en que crece todo un universo de vida, de plantas y de bestias. Que recorremos extasiados por caminos fantásticos, lejos de las calles urbanas.

¿Qué sería de la Humanidad sin los árboles? Nos dan en el estío el reposo de su acogedora sombra, el deleite de sus frutos. Y, en el crudo invierno, alimentan el fuego hogareño con sus leños. Con su fuerte madera hemos construido viviendas, edificios, muebles en que reposar nuestra fatigada anatomía, naves que han cruzado mares y reñido dura lucha con las tempestades. Y trabajando esta madera ha podido plasmar el escultor su genio.

Han escuchado los árboles promesas de amor surgidas a su vera, guardando en su tronco grabados los nombres de los enamorados. Han presenciado juramentos de pactos entre pueblos y declaraciones de guerra.

Y, siglo tras siglo, el árbol ha sido testigo, sereno e incólume, quizá burlón, de tales fugaces y efímeros afanes.

El árbol, testigo, compañero y sirviente de la Humanidad merece nuestro amor y nuestro homenaje. Se cuenta que San Francisco, antes de cortar la rama de un árbol le pedía perdón. Y, sin embargo, hoy, la voraz industria de la sociedad capitalista, cegada por la voluntad de lucro, asola, destructiva, bosques y selvas. Se encamina enloquecida hacia un planeta desolado.

Pero no será éste nuestro fin. La ambición humana no puede triunfar aniquiladora. Un día, como en Macbeth, los bosques caminarán en prodigiosa, invencible, marcha, unidos a las masas humanas, ansiosas de justicia. Y su victoria hará brillar una Humanidad fraternal, reconciliada con la Naturaleza de la que surgimos para ser sus custodios. Y nuestras fábricas, como los árboles, serán fecundas fábricas de vida.

 

Carlos París

 

 

 

 

 

 

 

Más allá de estas vivas ansias mías
estabas tú, furtiva criatura,
estabas rediviva, alta, segura
imagen de mis noches y mis días.

 Clarísima y azul, resplandecías...
Y en el aire vespertino perdura,
inocente todavía, la dulzura
del instante feliz que apetecías.

 Amor, en vano fue soñar quimeras,
loco afán, esperanza peregrina
de alcanzar aún lo que aún no eras.

 En la tarde tu rostro se adivina,
llegas a mí plena de luz, y esperas...
Ya sabe el corazón dónde camina.

 

                                        

         Rafael Fernández Guijarro

 

 

 

 

 

Entre las flores

el animal más bello

se humilla inquieto

 

         María Antonia Rodríguez

 

 

 

                                                           EL TOBOGÁN

 

Ven y asómate, preciosa niña.

Pero antes, entorna los ojos y mira.

 

Mi piel azul-satén, sobre la que han posado esquirlas de tiempo los gorriones, ansiando tus huellas de botines.

El rojo terciopelo de mis brazos, suaves asideros aguardando la caricia de tus manos.

La cegadora luz de mi regazo, que la pálida luna envidiaría, deseando dibujar el dulce perfil de tu silueta.

La cinta sin fin de mi oceánica cascada, esperando que resbales por su lecho, pulido y sideral.

 

Ven y deslízate. Desciende sin miedo.

Las sombras de la Noche jamás te alcanzarán.

 

Mi sedosa piel, se hará afilada hoja de cuchillo para rasgarlas a tu paso.

El terciopelo de mis brazos, se hará sangrienta arista en la que sucumbirán tus monstruos.

Mi poderosa luz, se hará mortífero rayo que fulmine tus hordas de pérfidas brujas.

Mi espejo de agua, lenta de infinitos, se hará torrente para anegar el hálito de tus fantasmas.

 

Ven y duérmete, preciosa niña.

En mi abismo sin bordes ni retorno.

 

Hasta un imposible amanecer.

 

 

Purificación Rodríguez Díaz

 

 

 

 

 

             

 

             Almas  gemelas

 

 

Crujir de hojas secas en el parque.)

Mujer.—¿Quién hay ahí?

Hombre.—¿Es usted?

Mujer.—Sí, soy yo.

Hombre.—¿Pero dónde está?

Mujer.—Aquí, junto al pedestal.

Hombre.—No la veo.

Mujer.—Tampoco yo.

Hombre.—Salga, no se esconda.

Mujer.—¿Para?

Hombre.—Para verla.

Mujer.—¿Pero no habíamos quedado en que era una cita a ciegas?

Hombre.—Sí, pero eso no quiere decir que tengamos que hablar a escondidas.

Mujer.—¡Ah, no? Pues yo había creído...

Hombre.—A ciegas significa que te citas sin verte. Vamos, sin conocerte. Sin saber con quién.

Mujer.—Aun así, me gustaría ocultar mi identidad.

Hombre.—No le estoy pidiendo que se identifique, solo que se deje ver.

Mujer.—Muéstrese usted primero.

Hombre.—No puedo. Ya sabe. No es que no quiera. Yo, lo que pasa... es que no puedo.

Mujer.—¿Y eso?

Hombre.—Ya... sabe. ¿No se acuerda? Lo ponía en el anuncio.

Mujer.—Pues...

Hombre.—Soy el hombre invisible.

Mujer.—¿En serio?

Hombre.—Le diré.

Mujer.—O sea que no era una broma.

Hombre.—¿Creyó que era una broma?

Mujer.—Así, al pronto...

Hombre.—Sí, ya, entiendo que se lo pareciera; pero no, no es una broma. Qué más hubiera querido yo. (Pausa.) En fin, ya ve.

Mujer.—Pues no, no veo.

Hombre.—Estoy delante de usted.

Mujer.—¿Dónde?

Hombre.—Aquí, en la escalinata.

Mujer.—Si no lo veo...

Hombre.—¿Eh? ¿Qué me dice? ¿Ve cómo soy invisible?

Mujer.—Sí, sí, ya veo que es invisible.

Hombre.—Totalmente. Totalmente invisible. Y créame, no es ninguna broma; más bien, una desgracia.

Mujer.—Tampoco es para que se lo tome así.

Hombre.—Ah, ¿no? ¡Ir por la vida sin que te vean! ¿Se imagina?

Mujer.—Me hago una idea.

Hombre.—No me relaciono con nadie. Como mucho, si les salpico cuando piso un charco.

Mujer.—Que no le vean no significa que no pueda hablarles.

Hombre.—¡Hablarles? Mi voz... causa espanto. ¡Huyen despavoridos! Y no le cuento si los toco. El contacto de mi mano ha provocado ya más de media docena de infartos.

Mujer.—Le entiendo, claro que le entiendo, ¿cómo no le voy a entender? Aun así, de verdad, hágame caso: ser invisible no es ninguna desgracia.

Hombre.—¿Ah, no? Pues dígaselo a los infartados.

Mujer.—Como mucho, un inconveniente. O mejor, una peculiaridad. Es más, si me apura, yo le diría que es un privilegio.

Hombre.—¿Se burla de mí?

Mujer.—No ser visto le protege del mal de ojo.

Hombre.—Se burla de mí.

Mujer.—Y está exento de la declaración de la renta.

Hombre.—Ya. Y me cuelo sin pagar.

Mujer.—Además. (Breve pausa.) Aunque para mí lo mejor es envejecer de incógnito.

Hombre.—Una bicoca, según lo cuenta.

Mujer.—Yo diría que sí.

Hombre.—Pues seré un privilegiado, si usted lo dice. Ahora, admítalo: un privilegiado que da miedo.

Mujer.—¿Miedo?

Hombre.—Sí, miedo. O si no, ¿por qué se esconde?

Mujer.—Estamos hablando, ¿no? ¿Qué más quiere que haga?

Hombre.—Salir del escondrijo.

Mujer.—¿Cómo?

Hombre.—Sí, podría dejarse ver.

Mujer.—Bueno, me temo que eso no va a ser posible.

Hombre.—¿Y eso?

Mujer.—Verá... Soy la mujer invisible.

Hombre.—¿Se burla de mí?

Mujer.—En absoluto.

Hombre.—Pues lo parece.

Mujer.—Sí, entiendo que pueda parecer una broma, pero, ¿qué quiere? Soy invisible.

Hombre.—No la creo.

Mujer.—Se lo juro, soy invisible.

Hombre.—¿Y por qué se esconde entonces?

Mujer.—¿Quién se esconde?

Hombre.—Usted.

Mujer.—¿Yo?

Hombre.—Sí, detrás del pedestal.

Mujer.—¿Detrás? Estoy junto al pedestal, pero no detrás.

Hombre.—¡Ah!, pues no sé. (Pausa.) Pero usted dijo que estaba detrás.

Mujer.—Junto al pedestal, fue lo que dije. Pero no estoy detrás, estoy delante.

Hombre.—O sea, que es invisible.

Mujer.—Ya lo ve.

Hombre.—Increíble. Esto es increíble.

Mujer.—¿Al hombre invisible le parece increíble que yo sea invisible?

Hombre.—Es que es muy fuerte.

Mujer.—Y tan fuerte. Oiga, mire, yo también he sufrido la incomprensión de los demás, que ser distinto no es plato de gusto para nadie; ahora...

Hombre.—Pues eso no era lo que decía antes.

Mujer.—Que yo lo lleve con alegría es otra cosa. Cuestión de carácter. Pero la procesión va por dentro. Y no me corte, que se me va el hilo. Yo puedo entender, ya le digo, que los visibles no me vean con buenos ojos; ahora, que un semejante esté poniendo en duda que soy como soy, me parece... inconcebible.

Hombre.—Ah, no, no; yo jamás he dudado de... Vamos, que no me refería al hecho de que sea invisible; yo lo decía por la casualidad.

Mujer.—Ahora arréglelo.

Hombre.—No estoy tratando de arreglar nada. Aunque convendrá conmigo que un encuentro así no se produce todos los días. Admítalo, es mucha casualidad. Y con esto no es que quiera disculparme. O bueno, sí, claro que quiero disculparme. Verá, es que estoy confuso. En fin, no sé, póngase en mi lugar.

Mujer.—Póngase usted en el mío. ¿O qué cree, que yo no estoy sorprendida? ¿Sabe lo que pensé cuando leí su anuncio? "Hombre invisible busca media naranja". “No saben qué inventar para llamar la atención”, eso fue lo que pensé. De ahí a estar aquí, hablando con una voz sin cuerpo...

Hombre.—¿Ve? Luego me está dando la razón.

Mujer.—¿Yo?

Hombre.—¿Pero es que no se da cuenta? Usted misma lo ha dicho.

Mujer.—Que he dicho, ¿qué?

Hombre.—Pues que es sorprendente.

Mujer.—Claro que es sorprendente. Sorprendente, sí. Sorprendente, impensable, inesperado, pero no increíble. No para usted. Al menos para usted, no puede ser increíble. No señor, me niego.

Hombre.—¿Sabe lo que pasa? La soledad puede a veces jugarte una mala pasada. Y no quisiera equivocarme. Verá, no quisiera...

Mujer.—¿Piensa que puedo ser una invención de su mente?

Hombre.—Pues sí, es lo que pienso.

Mujer.—Igual podría ser al contrario.

Hombre.—¿Cómo es eso?

Mujer.—Sí. ¿Qué le hace pensar que no sea yo la que le está imaginando a usted?

Hombre.—Pues porque el que lo está pensando soy yo.

Mujer.—¿Me está negando el derecho a que sea yo la que lo piensa a usted? 

Hombre.—Yo...

Mujer.—Eso es machismo.

Hombre.—No empecemos.

Mujer.—¿Que no empecemos? Y acaba de decir que solo existo porque usted me piensa? Pues dígame si no cómo le llama a eso.

Hombre.—Oiga, pues mire, si soy un machista, procuraré enmendarme. ¡Mujeres!

Mujer.—Sin pasarse, ¿eh?

Hombre.—Disculpe. Pero es que estoy tratando de entender qué es lo que ocurre. Y no sé, no lo entiendo.

Mujer.—Pues está muy claro: somos la pareja invisible.

Hombre.—Sí, usted ríase, pero ha sido tan duro tener que aceptar que soy invisible... No me gusta. Y ahora, de repente, aparece usted, tan contenta, sin importarle lo más mínimo ser invisible o no.

Mujer.—Al principio, pues choca. Hasta que me dije: "Tía, eres invisible, esto es lo que hay, qué se le va a hacer".

Hombre.—Créame que envidio su entereza de ánimo.

Mujer.—Me gusta ver la parte positiva. Se da cuenta. Una entre un millón: esas eran las posibilidades que teníamos de encontrarnos. Y ya ve.

Hombre.—Pero eso es lo que pasa, que no veo. Ni la veo, ni me ve. Y hasta las voces podrían ser quimeras. Es todo tan inconcreto...

Mujer.—Así es. Ni imagen ni sonido. Solo nos queda el tacto.

Hombre.—¿El tacto?

Mujer.—Un sentido muy poco cultural, sin tradición. Por eso es tan sincero. Aún no ha sido enseñado a mentir.

Hombre.—Claro, el tacto, qué interesante. ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes?

Mujer.—Y eso que es usted el que piensa.

Hombre.—No se burle.

Mujer.—Pero si no me burlo.

Hombre.—Se me está ocurriendo...

Mujer.—¿Sí?

Hombre.—Creo, no sé, que deberíamos acercarnos.

Mujer.—¿Y eso?

Hombre.—Si le parece, puede seguir el borde del segundo peldaño. Yo haré lo mismo.

Mujer.—Pero, ¿para qué?

Hombre.—Pues para encontrarnos. Tenemos que asegurarnos de que somos reales.

Mujer.—Ya.

Hombre.—Es el único modo; usted lo ha dicho.

Mujer.—¿Me está proponiendo que la primera vez que no nos vemos...? (Rompe a reír.) Perdone, no quería hacer un chiste.

Hombre.—Es una cita a ciegas.

Mujer.—Mire, en eso no le falta razón.

Hombre.—¿Y bien?

Mujer.—De acuerdo, vamos allá.

(A partir de este momento, las alteraciones respiratorias pondrán de manifiesto la complejidad de las acciones.)

Hombre.—(Tras una pausa.) ¿Es usted?

Mujer.—Sí, claro, ¿quién quiere que sea?

Hombre.—O sea, que era verdad.

Mujer.—¿Es que lo había dudado?

Hombre.—Pues...

Mujer.—Yo jamás lo dudé.

Hombre.—Oiga...

Mujer.—¿Sí?

Hombre.—Tiene usted muy buen tipo.

Mujer.—Gracias. (Pausa.) Lo... mismo digo.

Hombre.—Pero que muy buen...

Mujer.—Ay, no, no. Eso no.

Hombre.—Perdone.

Mujer.—Perdóneme usted a mí, pero es que me cogió por sorpresa.

Hombre.—¿Sabe que tenía razón? Esto del tacto ahorra muchas explicaciones.

Mujer.—Es mucho más concreto, dónde va a parar.

Hombre.—¿Le parece que demos un paseo?

Mujer.—Ay, sí, sí, por favor, que aquí estamos muy a la vista.

(Y cogidos de la mano, se adentran en la espesura del parque para entregarse a los placeres del tacto, sin que nadie los vea.) 

 

 Jesús Campos García                    

 

 

 

 

 

Aspira, ícono del agua;
y al espirar,

sombra encinta la destinada
luz,

desmadeja tu fábula.
Núblese de elemental fiereza

—piedra por resolver—.
Solo cielo ciego aquí

y estampa:
parte de la conversación.

Oh sombra.

 

Antonio Mengs

 

 

 

 

Voy a ti desde entonces

con mi Cristo de piedra,

redondas son las dudas;

pero mi amor ahuyenta

la permanencia gris

que detiene el dolor.

Levanta la cabeza:

hay un ángel en ti.

 

María  Esperanza  Párraga

 

                                                                                                   

 

 

 

 

 

 

 

 

  Leyendo versos

encuentro realidades

  en mis silencios.

 

 

 

 

   María Antonia Rodríguez

 

Pedro Vargas 

 

A Pedro Vargas, El tenor de las Américas, El Samuray de la canción, El Rey (que ya es decir), sus amigos mejicanos y españoles le erigieron una estatua en los jardines del Retiro; muy  cerca de su paseo central, frente por frente del pabellón de la sala de fiestas por el que tantos famosos han pasado.


El eco de sus canciones resuena aún en los oídos:… cielito lindo...quiéreme mucho…adiós mariquita linda… 

Pedro Vargas, el cantante, el actor, el puro mejicamo se volvió sombra, mientras dormía, a los 83 años y medio. 

Una sombra que aún resplandece cada día con los últimos rayos del sol

Cerramos los ojos y escuchamos:…Siboney....acércate más...en esta noche clara…fallaste corazón… 

Pedro Vargas, El Rey.

 

Juan de Amiano

 

 

Desprendimiento.
           
 Absolución.
                          Renuncia.

Yo soy hijo del cielo tormentoso. Fui criado por la noche y mi alma se encendió en el fuego sagrado de la tierra. Me miro en las aguas quietas del estanque y guardo en el pecho un enjambre de abejas libadoras. En mis oídos suena la voz oscura del olvido.
Los ojos se me pierden en la placidez del agua cristalina. Los viejos enemigos transforman las arrugas de su vientre en caricias infantiles; y me ofrecen un lecho florecido.
Al tiempo que mis ojos se hunden en el fondo del espejo, crecen los recuerdos silenciosos. Y me atrevo a surcar los espacios en el carro alado de Faetón, para despertar convertido en gota de rocío, en ofrenda de cirio derretido
.

Recompensa.
             Abandono.
                              Calma.

                                                            Juan Polo

 

 

 

 

 

Diálogo de los árboles 

               

(Las sombras de dos árboles se superponen sobre el verde tapiz del césped, formando la parte inferior de un cuerpo desnudo) 

SOMBRA SUPERPUESTA 1- ¡He perdido mis pantalones!

SOMBRA SUPERPUESTA 2- Alto ahí. No me mezcles en tus cosas.

SOMBRA SUPERPUESTA 1- ¿Y tú, quién demonios eres?

SOMBRA SUPERPUESTA 2- Soy la acacia que vive a tu izquierda.

SOMBRA SUPERPUESTA 1- ¡Vaya!... No te había visto. 

SOMBRA SUPERPUESTA 2- No me extraña. Eres un plátano prepotente, que no se habla con nadie de este jardín. Nos miras por encima de la copa, como perdonándonos la vida. 

SOMBRA SUPERPUESTA 1- Me gusta la independencia. 

(Una tercera sombra aislada, interviene cortando la conversación) 

SOMBRA AISLADA- ¡Shhh! ¿Queréis callaros? El jardinero se acerca. Sabe Dios qué ocurriría si conociese nuestro secreto. 

 

 Antonia Bueno

 

 

 

 

Sueña la piedra con ser cincel,
        abovedar el celeste,
       y extender el acanto. 

Sueña la piedra con ser silencio,
        crecer en las dunas,
       y adivinar encuentros. 

Sueña la piedra con ser viento,
       viajar en aguacero,
   y desplegar los recuerdos. 

 

De cincel,

              viento

                        y silencio,

sus sueños…

 

 María Alonso

 

 

 

 

 

 

 

 

Apunte escénico  en el que el general Martínez Campos (Arsenio) dialoga con Canovas del Catillo (Antonio), haciendo proyectos para la Restauración de Alfonso XII. En él se alude, también  a Sagasta (Práxedes).

 

El Levantamiento de Sagunto

 

Antonio me había citado en su casa, de noche, fuera del horario en que los madrileños indiscretos podían interferir en nuestra conversación.

- ¿Te marchas a Sandhursdt?, Pregunté

- Sí, quiero hablar con el Príncipe. Ya tengo redactado un manifiesto, quiero que lo firme y que se publique en la prensa, para hacerlo coincidir con su mayoría de edad. Se dan las condiciones para preparar su llegada al trono.

- ¿Crees que le seguirá la sombra de su impopular madre?

- No creo, Arsenio. La República está en liquidación y el Príncipe, que ha estudiado en el extranjero, aparece como un monarca liberal y sin pasado a los ojos de los españoles. Lo único que falta es proclamar la monarquía.

A mis cuarenta y tres años, ya había aprendido a captar las indirectas de los políticos.

- Para eso me has llamado, ¿Verdad?

Antonio me miró sin su habitual sonrisa de compromiso

- Si.

Me levanté del sillón y di una vuelta por la estancia.

- De acuerdo. Me reuniré con el partido Alfonsino en Sagunto. Allí el ejército está ya dispuesto a apoyar el levantamiento. Proclamaremos al Rey Alfonso XII y el fin de la República.

- No habrá problemas. He hablado con Serrano y con Práxedes. Los dos lo saben y aceptan.

- ¿Cuándo te vas?

- La semana que viene. Publicaremos el Manifiesto el primero de diciembre. Tu Arsenio, debes alejarte de Madrid por si los republicanos intentan detenerte. Luego, cuando te avise, marcha hacia Sagunto.

- Así lo haré.

- Adiós Arsenio, Viva España y Viva SM, el Rey Alfonso XII.

- Viva el Rey.

 

Almudena Gómez de Cecilia

 

 

                     No es de temer que confundas los caminos. Lo que es de temer es que te venzan las pasiones.

 

El camino pues, está claro, ya que Allah lo ha mostrado por medio de las revelación del Libro y el Mensajero. Es el dominio de las pasiones, a las que el ser humano está sometido, lo que le aleja de la verdad.

Sidi Alí Laraki.

 

 

 

 

  

 

                                              Esfinge, ¿quién eres tú?

 

¿Por qué me miras, esfinge, con tus ojos blancos de infinito, en los que se reflejan los colores heridos de mil espejos rotos?

   Esfinge, reina del silencio, tu mutismo turba el dolor de mi cuerpo atormentado. La impávida tempestad de tu mirada penetrante, insoslayable, esfinge, hace que mi alma navegue en un mar embravecido.

   Esfinge, tu posees el secreto de la vida y de la muerte, pero te niegas a manifestarlo al humilde peregrino que levanta sus ojos con el único propósito de quedarse ciego y manchado para siempre al conocer el arcano del oráculo.

Descansas tierna y amenazadora, esfinge, en la floresta, igual que te eriges altiva, inaccesible sobre las ardientes arenas del desierto.

Esfinge, ¿quién eres tú?

¿Quién soy yo?

Tal vez, sólo seamos la única palabra que no nos atrevemos a dejar salir de nuestros labios.

  

Juan Polo

 

 

 

 

 

 

Los viejos troncos

viven nuestras pasiones

con imprudencia.

 

 

                                                                               María Antonia Rodríguez

 

 

 

 

 

¿Es el agua en el árbol

o es el árbol la sombra

que al agua le faltara?

Dentro de la sombra el agua

hace destellos de agua.

El camino es el ascenso

en las lágrimas de plata

mientras el verde desciende

para encendernos el alma.

El árbol todo lo sabe

y calla con su esperanza

para que llore el paisaje

con su viento, con su calma.

El agua se quedó seca,

las barcas se hacen montaña,

los labios de las laderas

son girasoles naranjas

donde los árboles niños

abrazan sueños de agua. 

Para navegar las ramas,

para imaginar las barcas.

¿Quién nos dijo que en los días

los caminos no son agua?

Pobre dolor el del árbol

ya transformado, ya plata.

Que nunca le dejen solo,

que a los ojos del silencio

la lluvia se hace distancia

donde animales sumergen

su color sin esperanza.

Las barcas son hoy promesa,

no son envés de su rama.

 

 

María Esperanza Párraga

 

 

 

 

 

 

 

Me retiro al Jardín que hay

al lado de mi impaciencia,

no para recobrar el sosiego

sino para estar un rato con ella,

y con el fruto de su vientre

en mis manos, que son las de la memoria,

que en su mudo pedestal posa el tiempo,

que, por ella, ni pasa ni se queda.

Cicatriz sola.

 

Jesús Maroto

 

 

 

 

 

 

Los malos se dicen en sus erróneos cálculos: Corta y triste es nuestra vida; el final del hombre sin remedio llega, que vinimos al mundo por obra del azar, y al cabo seremos como si nunca hubiéramos sido.

Humo es el aliento en nuestras narices, y el pensamiento una centella que salta del latir de nuestro corazón. Apagada ella, se hace el cuerpo ceniza y el espíritu se esfumará como aire inconsistente.

Se olvidará con el tiempo nuestro nombre, y nadie se acordará de nuestras obras. Como rastro de nubes pasará nuestra vida, se esfumará como niebla, perseguida por los rayos del sol, por su calor ahuyentada.

Sí, el pasar de una sombra es nuestra vida, sin retorno es nuestro fin, que una vez puesto el sello nadie vuelve.

 

Libro de la Sabiduría 2,1,2,3,4

 

 

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