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V a c í o
Hay días, amigo lector, en que uno amanece vacío. Para salir del vacío hay
que pasar a la acción. Lo dijo el Baghavad Gita:
no es eludiendo la acción que el hombre se libra de
la acción.
Consultas el correo electrónico, y solo te entran enigmáticos e indeseados
correos en inglés, pero no el deseado de tu amiga.
El vacío aumenta.
Echas
una mirada a la prensa y recibes la noticia de que algunas multinacionales y entidades bancarias han multiplicado sus
beneficios, que los americanos perpetuarán su presencia durante años en
los países invadidos, que la violencia de género se ha cobrado más
víctimas que el pasado año por las mismas fechas, que el agujero de la
capa de ozono se ha ampliado mientras que los hielos de la Antártida
se han reducido.
El vacío aumenta.
La situación se ha vuelto peligrosa; puedes perder pie y precipitarte en
el pozo del vacío que ha aumentado el diámetro de su brocal.
Pero en estas circunstancias, amigo lector, aún cabe una solución de
emergencia: ponerte a cantar. El que canta su mal espanta.
Aunque no sé, me pongo a canturrear flamenco.
El vacío pone
pies en polvorosa.

A pie
de memoriaA
Viajo en el Metro. Entra en el vagón un hombre con una guitarra y se pone
a cantar. Habla de cuando mi vida se pierda. Suena bien, y escucho.
Dice algo sobre ilusiones y desengaños. Le oigo mal. Se desplaza
cantando, y se acerca. Le escucho. Habla de una cortina de años.
Llegamos a una estación, y el hombre, que ha recogido un poco de dinero,
cambia de vagón. Le sigo porque le oído decir a pie de memoria, y
me ha gustado la expresión.
Me pongo cerca de él, y escucho.
Canta:
Cuando mi vida se pierda,
tras una cortina
de años,
vivirán,
a pie de memoria,
ilusiones y desengaños.
No le falta razón, y sus palabras sencillas me recuerdan las sabias de
Carlos Dickens cuando advertía a orgullosos y engreídos, que, todos, no
somos sino compañeros de viaje hacia la muerte.
Llego a mi estación y me bajo.
El hombre cambia de vagón.
Libertad y necesidad
En última instancia la libertad se ejercita
creando condicionamientos y automatismos. Cuando más condicionada esté una
conducta, menos riesgo existe de errores.
Si hay un momento de libertad, sería aquel
en el que decido (o creo decidir) que condicionamiento quiero crear. Luego
en un segundo momento (y otros muchos posteriores) necesitaré disponer de
suficiente voluntad para seguir reforzando el condicionamiento hasta
crear un hábito.
Si se consigue establecer este hábito (del
que difícilmente se puede uno apartar) se habrá consumado la decisión
inicial.
De esta manera, este proceso, que está en la
base de cualquier aprendizaje (incluidos los doctrinales), conlleva la
aparente paradoja de que el ejercicio de la libertad se perfecciona en su
pérdida.
El saco de los recuerdos
Supongo que no es científico, e
incluso tampoco razonable, pero siento que en cuanto un hecho sucede, y
por tanto se torna pasado, cae en el que llamo saco de los recuerdos,
y allí se mezcla caóticamente con todos los otros recuerdos, de
forma que enseguida no distingo entre recuerdos antiguos y recientes
; al fin, todos son recuerdos.
No quiere ello decir que todos
tengan el mismo valor: los hay insignificantes, recuerdos que no sabemos
como han conseguido perdurar; los hay dolorosos, gozosos, nostálgicos,
deprimentes, gloriosos ( pocos). Pero todos tienen un denominador común:
pertenecen al pasado, a hechos sucedidos, consumados, y por tanto,
irrecuperables, inmodificables, irretornables. Todos ahí, revueltos, en el
saco.
Ahora mismo, en cuanto acabe
esta reflexión, caerá en el saco de los recuerdos.
Acaba de caer.
Mi ordenador
Mi ordenador me tiene muy preocupado.
Últimamente presenta problemas de conducta; es decir se comporta de una
manera sorprendente y atrabiliaria.
No es infrecuente que desaparezcan imágenes
y documentos que han sido meticulosamente guardados. En ocasiones
acontece, y esto es grave, que hay archivos que cambian de color y se
vuelven inasequibles para el único usuario y propietario, que soy yo. Da
a entender que hay otro yo desconocido al que pertenecen, y que no
piensa permitir abrirlos, a no ser que se le facilite una clave
desconocida.
También sucede, y esto es deprimente,
que ciertos archivos y documentos se vuelven corruptos, término que
oímos con demasiada frecuencia, pero que no podíamos imaginar que fuera
aplicativo a esta especie de autodestrucción o suicidio informático.
Se lo cuento a un amigo, y me dice
que, a su juicio, el ordenador está embrujado; que esto pasa a
menudo en todos los ámbitos, y este no tiene porque ser una excepción.
Me aconseja: habla con él. Y lo
hago. Me acuerdo de aquella película el hombre que susurraba a los
caballos. Le susurro palabras de aliento, pero permanece tercamente
inasequible.
A pesar de todos los indicios de insania a
los que me he referido, me cuesta aceptar la hipótesis del encantamiento.
Como español que soy, dentro de mí
coexisten un Quijote y un Sancho. El Quijote afirma que un malandrín,
un follón, se ha apoderado del sistema operativo y que hay
que darle batalla abierta, corriendo una aventura semejante a la de los
molinos de viento, que en la práctica, y como sabemos, eran gigantes. No
sé si se trata de gigantes, pero gigas sí que hay dentro de los
ordenadores; y más cada vez.
Sancho me dice que nada de gigantes,
que se trata de problemas de software, o en el peor de los casos,
de placa base.
No se lo que prefiero.
Consulto a profesionales y los encuentro
reticentes, aprensivos, evasivos. Me dicen que abra, que cierre, que
desinstale, que reinstale.
No es fácil convivir con los ordenadores.
Si no se adaptan ellos a nosotros tendremos que adaptarnos nosotros a
ellos.
O divorciarnos.
Ya se lo he avisado.
Poesía

Los músicos saben lo que es la música, los
pintores la pintura, los escultores la escultura; pero hete aquí que los
poetas están inciertos sobre lo que sea la poesía.
¿Qué es la poseía? se preguntan; y
no dan una respuesta concreta; hablan de ritmo, métrica, metáfora,
forma…., pero nada concluyente.
En este vacío definitorio que propicia las
elucubraciones, insinúo que el poeta es un equilibrista. El poeta, trabaja
en la cuerda floja de las palabras a muchos metros de altura sobre la
realidad, pero sin perderla de vista para no caer en la locura. Tiene que
ser muy cauto, porque las palabras son ambiguas, escurridizas y
deslizantes y aunque dan la impresión de que valen para todo, no es
infrecuente que en la práctica valgan para poco. Incluso,
algunos opinan que solo valen para pensar, y el filósofo Bergson, hombre
de palabras como pocos, hablaba del ídolo de la palabra
Y por seguir con la metáfora circense,
diríamos que el poeta es un malabarista, un prestímano que arroja al aire
las palabras, que son ideas, y allí, en el aire, las ideas, que son
palabras, se cruzan y entrecruzan velozmente volviendo a las manos
diestras del poeta.
Es, en definitiva, un buscador de la
palabra justa, cabal e inesperada, la palabra íntima y al mismo tiempo
comunicativa, porque aquí está el riesgo: si el poeta se ensimisma, si,
como suele suceder, habla para sí y él se entiende, pues se aísla, y si
habla para los demás y quiere ser comprendido, se traiciona.
Difícil reto el de la poseía, que convierte
a sus protagonistas, los poetas, en heróes del logos.
El
no yo
Si al decir de competentes
científicos, el yo es una simple construcción
cerebral, propongo,
a sensu contrario, la construcción del
no yo.
Se habla mucho de yoismo,
egoísmo, auto referencia, egolatría, y de sus
fatales
consecuencias: aislamiento, soledad, insolidaridad...
Todos estos males y otros
muchos se resolverían ventajosamente con la
construcción del
no yo. Se superaría la necesidad de autoafirmación, de estar a la
defensiva, de la angustiosa y frustrante búsqueda del otro; la necesidad
de crear y desarrollar una proyecto vital; incluso la necesidad de dar
un sentido a la vida.
Extraído el yo de la
personalidad, y sustituido por el no yo, se alcanzaría una
serenidad e invulnerabilidad envidiables: la ataraxia de los
griegos, el nirvana de los budistas, el samadi de los
hindús. La paz mental.
Seríamos como dioses.
¿Porqué no intentarlo?
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