V a c í o

 

Hay días, amigo lector, en que uno amanece vacío. Para salir del vacío hay que  pasar a la acción. Lo dijo el Baghavad Gita: no es eludiendo la acción que el hombre se libra de la acción.

Consultas el correo electrónico, y solo te entran enigmáticos e indeseados correos en inglés, pero no el deseado de tu amiga.

El vacío aumenta.

Echas una mirada a la prensa y recibes la noticia de que algunas multinacionales y entidades  bancarias han multiplicado sus beneficios, que los americanos perpetuarán su presencia durante años en los países invadidos, que la violencia de género se ha cobrado más víctimas que el pasado año por las mismas fechas, que el agujero de la capa de ozono se  ha ampliado mientras que los hielos de la Antártida se han reducido.

El vacío aumenta.

La situación se ha vuelto peligrosa; puedes perder pie y precipitarte en el pozo del vacío que ha aumentado el diámetro de su brocal.

Pero en estas circunstancias, amigo lector, aún cabe una solución de emergencia: ponerte a cantar. El que canta su mal espanta.

Aunque no sé, me pongo a canturrear flamenco.

El vacío pone pies en polvorosa.

                              


 

 

 

 

 

A pie de memoriaA

 

Viajo en el Metro. Entra en el vagón un hombre con una guitarra y se pone a cantar. Habla de cuando mi vida se pierda. Suena bien, y escucho.

 

Dice algo sobre ilusiones y desengaños. Le oigo mal. Se desplaza cantando, y se acerca. Le escucho. Habla de una cortina de años.

 

Llegamos a una estación, y el hombre, que ha recogido un poco de dinero, cambia de vagón. Le sigo porque le oído decir a pie de memoria, y me ha gustado la expresión.

 

Me pongo cerca de él, y escucho.

Canta:

       Cuando mi vida se pierda,

     tras una cortina de años,

       vivirán, a pie de memoria,

  ilusiones y desengaños.

 

 

No le falta razón, y sus palabras sencillas me recuerdan las sabias de Carlos Dickens cuando advertía  a orgullosos y engreídos, que, todos, no somos sino compañeros de viaje hacia la muerte.

 

Llego a mi estación y me bajo.

El hombre cambia de vagón.

 


 

Libertad y necesidad

 

 

En última instancia la libertad se ejercita creando condicionamientos y automatismos. Cuando más condicionada esté una conducta, menos riesgo existe de errores.

 

Si hay un momento  de libertad, sería aquel en el que decido (o creo decidir) que condicionamiento quiero crear. Luego en un segundo momento (y otros muchos posteriores) necesitaré disponer de suficiente  voluntad para seguir reforzando el condicionamiento hasta crear un hábito.

 

Si se consigue establecer este   hábito (del que difícilmente se puede uno apartar) se habrá consumado la decisión inicial.

 

De esta manera, este proceso, que está en la base de cualquier aprendizaje (incluidos los doctrinales), conlleva la aparente paradoja de que el ejercicio de la libertad se perfecciona en su pérdida.

 


 

 

El saco de los recuerdos

 

 

Supongo que no es científico, e incluso tampoco razonable, pero siento que en cuanto un hecho sucede, y por tanto se torna pasado, cae en el que llamo saco de los recuerdos, y allí se mezcla caóticamente con  todos los otros recuerdos, de forma que enseguida  no distingo entre recuerdos antiguos y recientes ; al fin, todos son recuerdos.

No quiere ello decir que todos tengan el mismo valor: los hay insignificantes, recuerdos que no sabemos como han conseguido perdurar; los hay dolorosos, gozosos, nostálgicos, deprimentes, gloriosos ( pocos). Pero todos tienen un denominador común: pertenecen al pasado, a hechos sucedidos, consumados, y por tanto, irrecuperables, inmodificables, irretornables. Todos ahí, revueltos, en el saco.

Ahora mismo, en cuanto acabe esta reflexión, caerá en el saco de los recuerdos.

Acaba de caer.


 

Mi ordenador

 

Mi ordenador me tiene muy preocupado. Últimamente presenta problemas de conducta; es decir se comporta de una manera sorprendente y atrabiliaria.

No es infrecuente que desaparezcan imágenes y documentos que  han sido meticulosamente  guardados. En ocasiones acontece, y esto es grave, que hay archivos que cambian de color y se vuelven inasequibles para el único  usuario y propietario, que soy yo. Da a entender que hay otro yo desconocido al que pertenecen,  y que no piensa permitir abrirlos, a no ser que se le facilite una clave desconocida.

También sucede, y esto es deprimente,  que ciertos archivos y documentos se vuelven corruptos, término que oímos  con demasiada frecuencia, pero  que no podíamos  imaginar que fuera aplicativo a esta especie  de autodestrucción o suicidio informático.

Se lo cuento a un  amigo, y me dice que, a  su juicio, el ordenador está  embrujado; que esto pasa a menudo en todos los ámbitos, y este no tiene porque ser una excepción.

Me aconseja: habla con él. Y lo hago. Me acuerdo de aquella película el hombre que susurraba a los caballos. Le susurro palabras de aliento, pero permanece tercamente inasequible.

A pesar de todos los indicios de insania a los que me he referido, me cuesta aceptar la hipótesis del encantamiento.

Como español que soy,  dentro de mí coexisten un Quijote y un Sancho. El Quijote  afirma que un malandrín, un follón,  se ha apoderado del sistema operativo y que hay que darle batalla abierta, corriendo una aventura semejante a la de los molinos de viento, que en la práctica, y como sabemos, eran gigantes. No sé si se trata de gigantes, pero gigas sí que hay dentro de los ordenadores; y más cada vez.

Sancho me dice que  nada de gigantes, que se trata de problemas de software, o en el peor de los casos, de placa base.

No se lo que prefiero.

Consulto a profesionales y los encuentro reticentes, aprensivos, evasivos. Me dicen que abra, que cierre, que desinstale, que reinstale.

No es fácil convivir con los ordenadores. Si no se adaptan ellos a nosotros tendremos que adaptarnos nosotros a ellos.

O divorciarnos.

Ya se lo he avisado. 


                                       Poesía

 

                                                                                     

Los músicos saben lo que es la música, los pintores la pintura, los escultores la escultura; pero hete aquí que los poetas  están inciertos sobre lo que sea la poesía.

 

¿Qué es la poseía?  se preguntan;  y no dan una  respuesta  concreta; hablan de ritmo, métrica, metáfora,  forma…., pero nada concluyente.

En este  vacío definitorio que propicia las elucubraciones, insinúo que el poeta es un equilibrista. El poeta, trabaja en la cuerda floja de las palabras a muchos metros de altura sobre la realidad, pero sin perderla de vista para no caer en la locura. Tiene que ser muy cauto, porque las palabras son ambiguas, escurridizas y deslizantes y aunque dan la impresión de que valen para todo, no es infrecuente que en la práctica  valgan para poco.  Incluso, algunos opinan que solo valen para pensar, y el filósofo Bergson, hombre de palabras como pocos, hablaba del  ídolo de la palabra

Y por seguir con la metáfora circense, diríamos que el poeta es un malabarista, un prestímano que arroja al aire las palabras, que son ideas,  y allí, en el aire, las ideas, que son palabras, se cruzan y entrecruzan velozmente  volviendo a las manos diestras del poeta.

Es, en definitiva, un buscador de la palabra justa, cabal e inesperada, la palabra íntima y al mismo tiempo comunicativa, porque aquí está el riesgo: si el poeta se ensimisma, si, como suele suceder, habla para sí y él se entiende, pues se aísla, y si habla para  los demás y quiere ser comprendido, se traiciona.

Difícil reto el de la poseía, que convierte a sus protagonistas, los poetas, en heróes del logos.                                                     

 


 

                                                                   Amor en espejo

Amor en espejo 

No nos queremos bastante.

Hace tiempo, con ocasión de una gira de conferencias que hice, pude comprobar que en el transcurso de la conferencia ( que era siempre la misma aunque en distintos lugares), cuando  afirmaba yo que no nos queremos bastante y que deberíamos  querernos mucho más, se  hacía un  silencio sepulcral, e incluso percibía  a algunas personas muy emocionadas.

Me di cuenta entonces, de que había rozado un  punto álgido: el  amor propio, entendido, no como orgullo o dignidad, sino como imperiosa   necesidad de autoestima. (Hablo en términos generales pues,  naturalmente, esa necesidad no afecta a todos por igual, y yo incluso diría que los más desaprensivos, extorsionadores y explotadores suelen estar bastante complacidos consigo mismo).

Ha pasado el tiempo y ahora que nos encontramos en una nueva era tecnológica, creo llegado el momento de hacer una propuesta práctica a las grandes empresas de tecnología digital avanzada y de telefonía móvil.

Se trata de crear una especie de espejo o pantalla interactiva (sugiero el término pantalla especular), en las que  podremos encontrar a quien deseamos. Le diremos lo que necesitamos  decir, y nos responderá lo que necesitamos  escuchar.

Pero todo de un modo físicamente convincente;  es decir, digital y virtual de un lado, pero real al mismo tiempo.

Por tomar un ejemplo. El pintor mostraría su cuadro a la pantalla especular, y allí aparecería Rembrant, Goya o Picasso, o quien él deseara, haciendo el elogio de su obra. Oiría decirle: Bien, muy bien, sigue así y pronto te veremos en el  MOMA. El matemático, o el físico,  expondría  su revolucionaria ecuación ante Einstein;  el inventor su demencial proyecto ante Edison, Marconi o De la Cierva; el filosofo dialogaría con Kant o Hegel, o incluso con Platón, de ser necesario.

También los políticos, tras las elecciones, y con indeferencia de ser ganadores o perdedores, podrían obtener de sus mentores ideólogos la necesaria confirmación; los ganadores sabrían que habían ganado limpia y democráticamente, y los perdedores que habían sido víctimas de tramas y oscuros complots.

E incluso en los más altos niveles de la política internacional, la nueva tecnología funcionaría a la perfección. En E.E.U.U. el presidente  Jefferson, o la Reina Madre en Inglaterra, mostrarían comprensión y afecto por George o Tony respectivamente, garantizándoles que, a pesar de los paupérrimos resultados, la guerra que desencadenaron, fue justa y necesaria.

Honestamente quiero dejar claro que no creo haber inventado nada nuevo, pues  ya en el Siglo XVI, y en España precisamente, Santa Teresa de Jesús, afirmaba: miro a Dios que me mira.

Lo que sí mantengo es que creo llegado el momento en que podemos, y debemos, dar un soporte material, físico y tangible a lo que hasta ahora no era más que un producto de la imaginación.

Yo, por mi parte, carente de pretensiones trascendentes,  en cuanto disponga de la pantalla especular, me pondré frente a ella esperando encontrar a una muchacha joven y complaciente, que me mire  fijamente a los ojos y me diga: Juan, ¡te quiero ¡     

 


 

 

 

 

 

Nada

 

Estoy convencido, y cada día más y más, de que en algún lado del cerebro debe existir una localización, lóbulo, centro, especializado en la percepción de la Nada. Estimo acertadas aquellas palabras del teólogo (hoy Papa católico,) Joseph Ratzinger, cuando habla del pozo sin fondo de la Nada a la que el hombre también mira. Y también impresionantes las de aquel gran neuropatólogo y filósofo existencialista que fue Karl Jaspers, cuando decía (cito de memoria): Desde el fondo de la existencia la Nada nos mira de hito en hito.

Pero el caso es que la percepción de la Nada (que en principio no sería nada), da miedo: el miedo a la Nada (o a nada). Y de ese miedo surge la necesidad de distracción y aturullamiento permanentes.

Y como la Nada aflora más en el silencio, se opta por el ruido en sus mil formas: conversaciones interminables, música de fondo impuesta, teléfonos móviles incesantes, ondas televisivas, radiofónicas etc. etc. Cualquier cosa antes que el silencio, porque escuchar el silencio, sobre todo el silencio profundo (si es que existe ya en alguna parte), asomarse al silencio diríamos, produce vértigo: el vértigo de ver del todo a la Nada (o nada) y precipitarse en ella.

Ahora bien; pienso que si miramos a la Nada por algo será; será que esperamos, o intuimos, o tememos, que podemos verla allá en el fondo profundo del pozo; y si nos mira de hito en hito, es que ella, o no-ella ( si es simplemente nada) quiere, puede, vernos.

En estas condiciones la pregunta que surge es: ¿estamos en condiciones de sostener su mirada? ); y otra: ¿podemos dejar de mirarla?

Si alguien conoce la respuesta, por favor, que lo diga, que en estos momentos me está mirando.


 

Elogio de la irreverencia

 

Vivimos rodeados de supersticiones; y, entre tantas, una es la superstición de la ortografía. Cometemos un desliz de ortografía y parece que hemos cometido un pecado mortal de necesidad y vamos a ser detenidos por una policía cultural imaginaria. Y es que como dijo Oscar Wilde (o quizás Lord Byron, no me quiero deslizar) no hay mas pecado que la estupidez.

Me ha sucedido. Felicito la Navidad y digo: mis mejores deseos de que alcanzes el ideal. Así con z. ¡Que horror¡ Pero luego pienso: es que en realidad me gusta más con z, me parece más rotundo y tajante.

Busco alivio en la etimología, pero no lo hay. Nada que hacer. Y entonces me acuerdo de mi suegro, quien, a pesar de ser profesor de lenguas clásicas (y quizás por ello) se manifestaba escéptico respecto de la ortografía, a la que consideraba un producto perecedero.

Y me consuelo; y busco apoyos exteriores; y los encuentro. Doy con un escritor argentino de prestigio, Juan José Hernández, que publicó el año 2004 un libro de ensayos con el desafiante título de Escritos irreberentes (así con b de burro), y propone la saludable práctica de la irreverencia, hasta con la ortografía.

No hago aquí, ni mucho menos, la apología del error ortográfico para justificar un desliz, pero sí la del inconformismo como actitud. Hay tantos motivos para el inconformismo que realmente las faltas de ortografía, y la superstición que las rodea, son insignificantes; así que aprovecho la ocasión para hacer una reflexión generalizada y una invitación a la sana práctica de la irreverencia.

A esto lo llamo yo catarsis mental.

 


 

 

Elogio del tacto

 

De todos los sentidos el tacto es el gran olvidado; el eternamente proscrito; el sospechoso. No vamos a insistir hasta que punto están sobrevalorados el resto de los sentidos; diríamos que hasta la saciedad.

Parecen lejanos los tiempos de aquellas confesiones, espontáneas o sonsacadas, sobre tocamientos obscenos (también llamados lascivos). La medicina y la sicología han demostrado holgádamente, que de lo que hay que arrepentirse es de la renuncia al contacto de piel a piel, y que la falta de caricias es fuente de angustia.

Diríamos también que la sajonización de la cultura latina y la profundización del individualismo han reforzado las barreras físicas; si una mano se demora segundos más de lo previsto de acuerdo con las convenciones, surge tensión y alarma.

Menos mal que, a pesar de todo, en español tocamos (no jugamos como en ingles) el piano, o el violín, el saxofón, la gaita o lo que sea. Eso nos permite decir, en ciertos casos justificados y con toda propiedad: no me toques la gaita.

Hago aquí, pues, el elogio del tacto; el gran olvidado, el sempiterno sospechoso; el más sutil, veraz y fiable de los sentidos.

Por ello me permito recomendar a los más carentes y aislados físicamente, que viajen en la línea 6 del metro de Madrid. Allí encontrarán unos asideros verticales de aluminio refinado y frío, capaces de competir ventajosamente con la piel humana más fina, o con la seda de mayor calidad.

Además estos asideros son consentidores y aceptan sin reserva (como no podía ser menos) las caricias humanas.

Lástima que no puedan devolverlas.

 


 

Mi sosia

 

Tengo un sosia. Se llama Juan de Amiano.

Siempre había deseado tener un sosia, un otro yo que me permitiera manifestarme con toda franqueza desde el anonimato.

Mi mujer dice que eso es una cobardía, pero yo creo que más bien es una cuestión de discreción.

Por fin, mi sosia, es decir Juan de Amiano, afloró recientemente a la superficie y nos pusimos a colaborar y a dialogar.

Decía Antonio Machado: hablo con el hombre que siempre va conmigo. En mi caso ese hombre es Juan de Amiano.

Hasta aquí todo bien. Juan tiene su voz propia, su correo propio, y su vida social. Y yo la mía.

El problema ha surgido recientemente cuando habiendo leído ambos (pues de alguna manera somos el mismo) unos textos de Bergson y de Freud sobre el yo profundo, va Juan y me espeta a bocajarro que él es el yo profundo y yo el superficial.

Francamente me ha cogido de sorpresa y, aunque reconozco que potencialmente él estaba ahí desde siempre, me ha parecido una falta de consideración hacia mí, que le he inventado; así, como suena.

Arguye en su favor que justamente su papel consiste en expresar lo complejo, lo sutil, lo más íntimo, lo subterráneo, y dice que si eso no es ser el yo profundo que venga Dios y lo vea.

Como en definitiva puede ser que tenga algo de razón (aunque no toda desde luego), he decidido tratar el asunto con cautela y sobre todo con exquisita cortesía, que es la clave del éxito en las relaciones íntimas.

Espero que me secunde porque si no, después de tanta espera, tendría que eliminarlo.

Y me sentiría muy solo: solo conmigo mismo.

 

 

 


 

                                                    

                                                      Triunfalismo 

 

La sexualidad y el arte están muy cerca de la vida; diríamos que son equidistantes a la vida.

La sexualidad, con su laboratorio químico incorporado,  ilusiona, motiva e impulsa.

¿Qué es el amor sino el encuentro de dos cuerpos?, dijo el poeta.

¿Que es el deseamor, diríamos, sino la amnesia sobrevenida  a aquellos cuerpos?

También de la nada, o casi de nada, el artista (cuando merece el nombre de tal), hace surgir la obra: la obra de arte.

La sexualidad pasa; sus protagonistas acaban por naufragar, pero la vida que han propiciado, se perpetúa.

Finalmente el artista también sucumbe, pero su obra permanece.

Todo pasa; pero todo queda.

El amor y el arte han  triunfado.

 

 

 

                                          Náufragos informáticos

 

 

Decía Ortega y Gasset que la vida es un naufragio; y algo de cierto hay en ello.

Y entre las muchas formas de naufragar tenemos una novedosa: el naufragio cotidiano en el uso de las nuevas tecnologías. 

Es esta sensación de peligro  la que lleva a mucha gente a darles la espalda, e incluso a optar por el analfabetismo tecnológico, alegando que, o no tienen tiempo, o no lo necesitan para nada, o no les interesa.

En este proceloso mar informático hay grandes nadadores y buceadores (informáticos profesionales y otros), pero como sucede en los naufragios reales, no quieren dejarse atrapar por los más inexpertos porque los tendrían siempre aferrados y se ahogarían todos juntos en cadena; como sucede en la realidad.

Así que la cosa es complicada y hay que intentar encontrar una posición equilibrada: primero intentando con tenacidad resolver los problemas por uno mismo; luego consultando libros, y finalmente solicitando, esporádicamente,  ayuda a terceros que sepan más. Por este orden.

Al margen de esta teoría general, debemos, llegado el caso, echarnos una mano los unos a los otros, pero con cautela porque si renunciamos a la autosuficiencia dejaremos de aprender, seremos menos libres y nos sentiremos más indefensos.

Y no nos conviene.

 

 

 

 

 

Espejismos

Espejismos

Lo malo de los espejismos no es que sean falsos, sino que se desvanezcan.

Triste aquel día en el que, tras tenaz resistencia a saber la verdad, el niño claudica y acepta que los Reyes Magos no vienen de Oriente; ni de ninguna parte. El espejo se hizo añicos.

Y después ¿Qué ha sido la vida sino una serie de espejos (juventud, amor, familia, amistad, éxito…) en los que nos veíamos con brillo y fulgor y que con el paso del tiempo nos devuelven una imagen empañada y borrosa?

Decía Shakespeare ¿qué es más noble para el espíritu, sufrir los dardos de la tirana fortuna, o tomar las armas contra un mar de dificultades..?

Decimos nosotros ¿qué es más útil para la vida, mirarnos en espejos evanescentes, o renunciar a ellos en un ejercicio de honestidad intelectual?

Personalmente opto por los espejismos, y buena prueba de ello lo son estas líneas que aspiran a que tú, lector, te mires en el espejo de la comunicación.

Si has llegado hasta aquí, el espejo ha valido la pena.

Ahora ya podemos hacerlo añicos.

 


 

 

 

 

 

Erotismos

 

En definitiva el amor (dijo el poeta) no es más que un cuerpo que encuentra otro cuerpo. Y los cuerpos se encuentran fundamentalmente para conocerse y experimentarse mutuamente mediante el tacto, ya que como nos enseñó oportunamente el maestro Aristóteles que tanto sabía de animales, la actividad sensorial más primitiva que se da en todos los animales, es el tacto.

Y el encuentro de los cuerpos a través del tacto implica placer, y el placer deseo; y el deseo erotismo, y el erotismo vida.

Y llegados aquí observamos la existencia de dos formas de erotismo: la que podríamos llamar real, y la que podríamos denominar trascendental o sublimada.

En la primera un cuerpo real encuentra otro cuerpo real. En la segunda una mente de un cuerpo real imagina que encuentra otro cuerpo real.

Podríamos pensar que solamente la primera es satisfactoria, pero en la práctica vemos como muchos, muchas, optan por un enamoramiento mental, no solo porque, en principio y aparentemente es más fácil, sino también porque nunca defrauda y nunca sacia: dos cuerpos inmarcesibles y corteses, y siempre disponibles, que desafían al tiempo y a la rutina.

Extraño animal aristotélico es el ser humano.

 

 


 

 

 

 

La novela imposible.

 

Tengo la firme decisión de no escribir una novela. Y creo que tiene mérito, ya que conocemos innumerables autores de inéditas novelas, o que alimentan el secreto propósito de escribir alguna.

La novela que nunca escribiré tiene un título deliberadamente ambiguo; se llama: El misterio Florentino. La elección del título responde a la idea de que el no lector de la misma pueda ser inducido a pensar que se trata de algo relacionado con Florencia, cuando no es así. Con excusa de la extraña desaparición del protagonista, que se llama Florentino, la trama de la novela hubiera intentado abordar el surgimiento y extinción de los vínculos del amor y la amistad, esas dos modalidades precarias del enamoramiento entre personas.

Me considero afortunado de no tener que desarrollar un tema tan intrincado como misterioso, y sobre todo de haber conseguido soslayar, con un simple y económico acto de renuncia previa, el profundo desasosiego y la frustración tan comunes en los escritores cuando, como suele suceder, no consiguen hacer llegar sus mensajes a sus potenciales lectores.

Mejor para mí y para esos imaginarios lectores que nunca existirán, pues el tema era peliagudo y el desenlace frecuentemente infeliz.

 


 

 

 

 

 

 

Doctrinas y adoctrinados

 

Decía Machado: yo no soy un hombre al uso que sabe su doctrina...

Lo bueno y útil de las doctrinas es que sus adoctrinados miembros forman un cuerpo compacto, solidario, que, a guisa de rebaño, les protege del lobo de la duda.

Cualquier duda que pueda surgir es prestamente absorbida por la fuerza del agujero negro del grupo, fuertemente cohesionado y casi siempre jerarquizado.

Lo malo de las doctrinas es su incompatibilidad con la libertad real de pensamiento. Se puede pensar, sí, pero dentro del terreno de juego de la doctrina. El jugador-pensador que se extralimita corre el riesgo de cometer falta (corner, penalti etc. en la jerga del fútbol) y si insiste será pronto preterido, expulsado; eliminado.

Este es, una vez más, el dilema shakesperiano: ser o no ser, un hombre al uso.

 


 

 

Parece Señora, y lo es.

 

La historia que voy a contar es real. Podría dar nombres y apellidos, pero no lo considero necesario, si bien me pongo a disposición de quien desee conocerlos.

Así sucedió. En una reunión de un grupo de personas, algunas ilustres, uno de los participantes (persona conocida y respetada intelectualmente) dijo, a guisa de acertijo, y en un tono algo polémico; Parece Señora y no es.

Enseguida surgió la pregunta; ¿De quien hablas?

Hablo de una Señora que siempre se ha presentado en sociedad con grandes pretensiones, pero que en definitiva no ha hecho honor a las expectativas que había suscitado.

Surgieron algunas ideas; se aportaron algunos nombres propios sin éxito. Después de unos momentos de desconcierto (en el que afloraron algunas maliciosas propuestas), en tono triunfante quien había planteado la tajante afirmación la resolvió: Hablo de la filosofía.

Hubo algunas protestas, que quedaron zanjadas rápidamente por el principio de autoridad, cuando el dialéctico proponente del acertijo, añadió: No lo he dicho yo; lo dijo en su día Bertrand Russell en un brillante artículo que se titulaba precisamente: Parece Señora y no es.

Alguien añadió: Ciertamente es así, y no digamos en estos momentos en que se ha impuesto el llamado pensamiento débil, en acertada formulación del filósofo italiano Gianni Vatimmo, en el sentido de abandono de cualquier sistema de pensamiento que pretenda dar una solución total y coherente al enigma del Universo.

Pues, fue justamente en este momento cuando surgió una voz que afirmó con autoridad y desparpajo: Pues yo digo, bajo mi responsabilidad, que existe una Señora, que lo parece y que lo es

Todos los presentes se sintieron retados; y empezaron las propuestas.

Tú estás hablando de la Prosperidad.

No ciertamente no. La Prosperidad aún cuando es deseable no es mas que la acumulación de una serie de bienes de valor relativo. La Prosperidad no es Señora,

La fama, la gloria.

No, no; la fama, la gloria es un gran consuelo, un tranquilizante menor, un lenitivo de la caducidad, pero su valor es relativo, pues está vinculado a la memoria, y esta es flaca, como ya se sabe.

Alguien recordó a Atahualpa Yupanki : Es ancho y largo el olvido,

Otras pretendidas Señoras fueron apareciendo sin éxito, hasta que los contertulios, cansados y algo irritados se dieron por vencidos y preguntaron, con espíritu de oposición, al proponente de la enigmática afirmación: ¿Cual es esta Señora, tan Señora que lo es y lo parece?

La respuesta fue: la música.; la buena música ( la de Bach, Brahms, Ravel, Stravinski, Falla…); la Música, arte del tiempo y que en el tiempo cesa, como dijo Jorge Luis Borges; la música que surge del silencio y crea un mundo sonoro de tensiones y expectaciones para retornar al silencio.

Por extraño que parezca, nadie mostró oposición.

Y es que la Música es mucho Señora.

 

 

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