Amor en espejo
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Amor en espejo No nos queremos bastante. Hace tiempo, con ocasión de una gira de conferencias que hice, pude comprobar que en el transcurso de la conferencia ( que era siempre la misma aunque en distintos lugares), cuando afirmaba yo que no nos queremos bastante y que deberíamos querernos mucho más, se hacía un silencio sepulcral, e incluso percibía a algunas personas muy emocionadas. Me di cuenta entonces, de que había rozado un punto álgido: el amor propio, entendido, no como orgullo o dignidad, sino como imperiosa necesidad de autoestima. (Hablo en términos generales pues, naturalmente, esa necesidad no afecta a todos por igual, y yo incluso diría que los más desaprensivos, extorsionadores y explotadores suelen estar bastante complacidos consigo mismo). Ha pasado el tiempo y ahora que nos encontramos en una nueva era tecnológica, creo llegado el momento de hacer una propuesta práctica a las grandes empresas de tecnología digital avanzada y de telefonía móvil. Se trata de crear una especie de espejo o pantalla interactiva (sugiero el término pantalla especular), en las que podremos encontrar a quien deseamos. Le diremos lo que necesitamos decir, y nos responderá lo que necesitamos escuchar. Pero todo de un modo físicamente convincente; es decir, digital y virtual de un lado, pero real al mismo tiempo. Por tomar un ejemplo. El pintor mostraría su cuadro a la pantalla especular, y allí aparecería Rembrant, Goya o Picasso, o quien él deseara, haciendo el elogio de su obra. Oiría decirle: Bien, muy bien, sigue así y pronto te veremos en el MOMA. El matemático, o el físico, expondría su revolucionaria ecuación ante Einstein; el inventor su demencial proyecto ante Edison, Marconi o De la Cierva; el filosofo dialogaría con Kant o Hegel, o incluso con Platón, de ser necesario. También los políticos, tras las elecciones, y con indeferencia de ser ganadores o perdedores, podrían obtener de sus mentores ideólogos la necesaria confirmación; los ganadores sabrían que habían ganado limpia y democráticamente, y los perdedores que habían sido víctimas de tramas y oscuros complots. E incluso en los más altos niveles de la política internacional, la nueva tecnología funcionaría a la perfección. En E.E.U.U. el presidente Jefferson, o la Reina Madre en Inglaterra, mostrarían comprensión y afecto por George o Tony respectivamente, garantizándoles que, a pesar de los paupérrimos resultados, la guerra que desencadenaron, fue justa y necesaria. Honestamente quiero dejar claro que no creo haber inventado nada nuevo, pues ya en el Siglo XVI, y en España precisamente, Santa Teresa de Jesús, afirmaba: miro a Dios que me mira. Lo que sí mantengo es que creo llegado el momento en que podemos, y debemos, dar un soporte material, físico y tangible a lo que hasta ahora no era más que un producto de la imaginación. Yo, por mi parte, carente de pretensiones trascendentes, en cuanto disponga de la pantalla especular, me pondré frente a ella esperando encontrar a una muchacha joven y complaciente, que me mire fijamente a los ojos y me diga: Juan, ¡te quiero ¡
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Nada
Estoy convencido, y cada día más y más, de que en algún lado del cerebro debe existir una localización, lóbulo, centro, especializado en la percepción de la Nada. Estimo acertadas aquellas palabras del teólogo (hoy Papa católico,) Joseph Ratzinger, cuando habla del pozo sin fondo de la Nada a la que el hombre también mira. Y también impresionantes las de aquel gran neuropatólogo y filósofo existencialista que fue Karl Jaspers, cuando decía (cito de memoria): Desde el fondo de la existencia la Nada nos mira de hito en hito.Pero el caso es que la percepción de la Nada (que en principio no sería nada), da miedo: el miedo a la Nada (o a nada). Y de ese miedo surge la necesidad de distracción y aturullamiento permanentes. Y como la Nada aflora más en el silencio, se opta por el ruido en sus mil formas: conversaciones interminables, música de fondo impuesta, teléfonos móviles incesantes, ondas televisivas, radiofónicas etc. etc. Cualquier cosa antes que el silencio, porque escuchar el silencio, sobre todo el silencio profundo (si es que existe ya en alguna parte), asomarse al silencio diríamos, produce vértigo: el vértigo de ver del todo a la Nada (o nada) y precipitarse en ella. Ahora bien; pienso que si miramos a la Nada por algo será; será que esperamos, o intuimos, o tememos, que podemos verla allá en el fondo profundo del pozo; y si nos mira de hito en hito, es que ella, o no-ella ( si es simplemente nada) quiere, puede, vernos. En estas condiciones la pregunta que surge es: ¿estamos en condiciones de sostener su mirada? ); y otra: ¿podemos dejar de mirarla? Si alguien conoce la respuesta, por favor, que lo diga, que en estos momentos me está mirando.
Elogio de la irreverencia Vivimos rodeados de
supersticiones; y, entre tantas, una es la superstición de la ortografía.
Cometemos un desliz de ortografía y parece que hemos cometido un pecado
mortal de necesidad y vamos a ser detenidos por una policía cultural
imaginaria. Y es que como dijo Oscar Wilde (o quizás Lord Byron, no me
quiero deslizar) no hay mas
pecado que la estupidez. Me ha sucedido. Felicito
la Navidad y digo: mis mejores deseos de que alcanzes el ideal. Así
con z. ¡Que horror¡ Pero luego pienso:
es que en realidad me gusta más con z, me
parece más rotundo y tajante. Busco alivio en la
etimología, pero no lo hay. Nada que hacer. Y entonces me acuerdo de mi
suegro, quien, a pesar de ser profesor de lenguas clásicas (y quizás por
ello) se manifestaba escéptico respecto de la ortografía, a la que
consideraba un producto perecedero. Y me consuelo; y busco
apoyos exteriores; y los encuentro. Doy con un escritor argentino de
prestigio, Juan José Hernández, que publicó el año 2004 un libro de
ensayos con el desafiante título de Escritos irreberentes (así con
b de burro), y propone la saludable práctica de la irreverencia, hasta con
la ortografía. No hago aquí, ni mucho
menos, la apología del error ortográfico para justificar un desliz, pero
sí la del inconformismo como actitud. Hay tantos motivos para el
inconformismo que realmente las faltas de ortografía, y la superstición
que las rodea, son insignificantes; así que aprovecho la ocasión para
hacer una reflexión generalizada y una invitación a la sana práctica de la
irreverencia. A esto lo llamo yo catarsis mental.
Elogio del tacto De todos los sentidos el tacto es
el gran olvidado; el eternamente proscrito; el sospechoso. No vamos a
insistir hasta que punto están sobrevalorados el resto de los sentidos;
diríamos que hasta la saciedad. Parecen lejanos los
tiempos de aquellas confesiones, espontáneas o sonsacadas, sobre
tocamientos obscenos (también llamados lascivos). La medicina y la
sicología han demostrado holgádamente, que de lo que hay que arrepentirse
es de la renuncia al contacto de piel a piel, y que la falta de caricias
es fuente de angustia. Diríamos también que la
sajonización de la cultura latina y la profundización del individualismo
han reforzado las barreras físicas; si una mano se demora segundos más de
lo previsto de acuerdo con las convenciones, surge tensión y alarma. Menos mal que, a pesar
de todo, en español tocamos (no jugamos como en ingles) el piano, o el
violín, el saxofón, la gaita o lo que sea. Eso nos permite decir, en
ciertos casos justificados y con toda propiedad: no me toques la gaita. Hago aquí, pues, el
elogio del tacto; el gran olvidado, el sempiterno sospechoso; el más
sutil, veraz y fiable de los sentidos. Por ello me permito
recomendar a los más carentes y aislados físicamente, que viajen en la
línea 6 del metro de Madrid. Allí encontrarán unos asideros verticales de
aluminio refinado y frío, capaces de competir ventajosamente con la piel
humana más fina, o con la seda de mayor calidad. Además estos asideros
son consentidores y aceptan sin reserva (como no podía ser menos) las
caricias humanas. Lástima que no puedan
devolverlas.
Mi sosia Tengo un sosia. Se llama Juan de Amiano. Siempre había deseado tener un sosia, un otro yo que
me permitiera manifestarme con toda franqueza desde el anonimato. Mi mujer dice que eso es una cobardía, pero yo creo que
más bien es una cuestión de discreción. Por fin, mi sosia, es decir Juan de Amiano, afloró
recientemente a la superficie y nos pusimos a colaborar y a dialogar. Decía Antonio Machado: hablo con el hombre que
siempre va conmigo. En mi caso ese hombre es Juan de Amiano. Hasta aquí todo bien. Juan tiene su voz propia, su
correo propio, y su vida social. Y yo la mía. El problema ha surgido recientemente cuando habiendo
leído ambos (pues de alguna manera somos el mismo) unos textos de Bergson
y de Freud sobre el yo profundo, va Juan y me espeta a bocajarro que él es
el yo profundo y yo el superficial. Francamente me ha cogido de sorpresa y, aunque
reconozco que potencialmente él estaba ahí desde siempre, me ha parecido una
falta de consideración hacia mí, que le he inventado; así, como suena. Arguye en su favor que justamente su papel consiste en
expresar lo complejo, lo sutil, lo más íntimo, lo subterráneo, y dice que
si eso no es ser el yo profundo que venga Dios y lo vea. Como en definitiva puede ser que tenga algo de razón
(aunque no toda desde luego), he decidido tratar el asunto con cautela y
sobre todo con exquisita cortesía, que es la clave del éxito en las
relaciones íntimas. Espero que me secunde porque si no, después de tanta
espera, tendría que eliminarlo. Y me sentiría muy solo: solo conmigo mismo.
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Náufragos informáticos
Decía Ortega y Gasset que la vida es un naufragio; y algo de cierto hay en ello. Y entre las muchas formas de naufragar tenemos una novedosa: el naufragio cotidiano en el uso de las nuevas tecnologías. Es esta sensación de peligro la que lleva a mucha gente a darles la espalda, e incluso a optar por el analfabetismo tecnológico, alegando que, o no tienen tiempo, o no lo necesitan para nada, o no les interesa. En este proceloso mar informático hay grandes nadadores y buceadores (informáticos profesionales y otros), pero como sucede en los naufragios reales, no quieren dejarse atrapar por los más inexpertos porque los tendrían siempre aferrados y se ahogarían todos juntos en cadena; como sucede en la realidad. Así que la cosa es complicada y hay que intentar encontrar una posición equilibrada: primero intentando con tenacidad resolver los problemas por uno mismo; luego consultando libros, y finalmente solicitando, esporádicamente, ayuda a terceros que sepan más. Por este orden. Al margen de esta teoría general, debemos, llegado el caso, echarnos una mano los unos a los otros, pero con cautela porque si renunciamos a la autosuficiencia dejaremos de aprender, seremos menos libres y nos sentiremos más indefensos. Y no nos conviene.
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Espejismos
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Espejismos Lo malo de los espejismos no es que sean falsos, sino que se desvanezcan. Triste aquel día en el que, tras tenaz resistencia a saber la verdad, el niño claudica y acepta que los Reyes Magos no vienen de Oriente; ni de ninguna parte. El espejo se hizo añicos. Y después ¿Qué ha sido la vida sino una serie de espejos (juventud, amor, familia, amistad, éxito…) en los que nos veíamos con brillo y fulgor y que con el paso del tiempo nos devuelven una imagen empañada y borrosa? Decía Shakespeare ¿qué es más noble para el espíritu, sufrir los dardos de la tirana fortuna, o tomar las armas contra un mar de dificultades..? Decimos nosotros ¿qué es más útil para la vida, mirarnos en espejos evanescentes, o renunciar a ellos en un ejercicio de honestidad intelectual? Personalmente opto por los espejismos, y buena prueba de ello lo son estas líneas que aspiran a que tú, lector, te mires en el espejo de la comunicación. Si has llegado hasta aquí, el espejo ha valido la pena. Ahora ya podemos hacerlo añicos.
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Erotismos
En definitiva el amor (dijo el poeta) no es más que un cuerpo que encuentra otro cuerpo. Y los cuerpos se encuentran fundamentalmente para conocerse y experimentarse mutuamente mediante el tacto, ya que como no
s enseñó oportunamente el maestro Aristóteles que tanto sabía de animales, la actividad sensorial más primitiva que se da en todos los animales, es el tacto.Y el encuentro de los cuerpos a través del tacto implica placer, y el placer deseo; y el deseo erotismo, y el erotismo vida.
Y llegados aquí observamos la existencia de dos formas de erotismo: la que podríamos llamar real, y la que podríamos denominar trascendental o sublimada.
En la primera un cuerpo real encuentra otro cuerpo real. En la segunda una mente de un cuerpo real imagina que encuentra otro cuerpo real.
Podríamos pensar que solamente la primera es satisfactoria, pero en la práctica vemos como muchos, muchas, optan por un enamoramiento mental, no solo porque, en principio y aparentemente es más fácil, sino también porque nunca defrauda y nunca sacia: dos cuerpos inmarcesibles y corteses, y siempre disponibles, que desafían al tiempo y a la rutina.
Extraño animal aristotélico es el ser humano.
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La novela imposible.
Tengo la firme decisión de no escribir una novela. Y creo que tiene mérito, ya que conocemos innumerables autores de inéditas novelas, o que alimentan el secreto propósito de escribir alguna. La novela que nunca escribiré tiene un título deliberadamente ambiguo; se llama: El misterio Florentino. La elección del título responde a la idea de que el no lector de la misma pueda ser inducido a pensar que se trata de algo relacionado con Florencia, cuando no es así. Con excusa de la extraña desaparición del protagonista, que se llama Florentino, la trama de la novela hubiera intentado abordar el surgimiento y extinción de los vínculos del amor y la amistad, esas dos modalidades precarias del enamoramiento entre personas. Me considero afortunado de no tener que desarrollar un tema tan intrincado como misterioso, y sobre todo de haber conseguido soslayar, con un simple y económico acto de renuncia previa, el profundo desasosiego y la frustración tan comunes en los escritores cuando, como suele suceder, no consiguen hacer llegar sus mensajes a sus potenciales lectores. Mejor para mí y para esos imaginarios lectores que nunca existirán, pues el tema era peliagudo y el desenlace frecuentemente infeliz.
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Doctrinas y adoctrinados
Decía Machado: yo no soy un hombre al uso que sabe su doctrina... Lo bueno y útil de las doctrinas es que sus adoctrinados miembros forman un cuerpo compacto, solidario, que, a guisa de rebaño, les protege del lobo de la duda. Cualquier duda que pueda surgir es prestamente absorbida por la fuerza del agujero negro del grupo, fuertemente cohesionado y casi siempre jerarquizado. Lo malo de las doctrinas es su incompatibilidad con la libertad real de pensamiento. Se puede pensar, sí, pero dentro del terreno de juego de la doctrina. El jugador-pensador que se extralimita corre el riesgo de cometer falta (corner, penalti etc. en la jerga del fútbol) y si insiste será pronto preterido, expulsado; eliminado. Este es, una vez más, el dilema shakesperiano: ser o no ser, un hombre al uso.
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Parece Señora, y lo es.
La historia que voy a contar es real. Podría dar nombres y apellidos, pero no lo considero necesario, si bien me pongo a disposición de quien desee conocerlos.
Así sucedió. En una reunión de un grupo de personas, algunas ilustres, uno de los participantes (persona conocida y respetada intelectualmente) dijo, a guisa de acertijo, y en un tono algo polémico; Parece Señora y no es.
Enseguida surgió la pregunta; ¿De quien hablas?
Hablo de una Señora que siempre se ha presentado en sociedad con grandes pretensiones, pero que en definitiva no ha hecho honor a las expectativas que había suscitado.
Surgieron algunas ideas; se aportaron algunos nombres propios sin éxito. Después de unos momentos de desconcierto (en el que afloraron algunas maliciosas propuestas), en tono triunfante quien había planteado la tajante afirmación la resolvió: Hablo de la filosofía.
Hubo algunas protestas, que quedaron zanjadas rápidamente por el principio de autoridad, cuando el dialéctico proponente del acertijo, añadió: No lo he dicho yo; lo dijo en su día Bertrand Ru
ssell en un brillante artículo que se titulaba precisamente: Parece Señora y no es.Alguien añadió:
Ciertamente es así, y no digamos en estos momentos en que se ha impuesto el llamado pensamiento débil, en acertada formulación del filósofo italiano Gianni Vatimmo, en el sentido de abandono de cualquier sistema de pensamiento que pretenda dar una solución total y coherente al enigma del Universo.Pues, fue justamente en este momento cuando surgió una voz que afirmó con autoridad y desparpajo:
Pues yo digo, bajo mi responsabilidad, que sí existe una Señora, que lo parece y que lo esTodos los presentes se sintieron retados; y empezaron las propuestas.
Tú estás hablando de la Prosperidad.
No ciertamente no. La Prosperidad aún cuando es deseable no es mas que la acumulación de una serie de bienes de valor relativo. La Prosperidad no es Señora,
La fama, la gloria.
No, no; la fama, la gloria es un gran consuelo, un tranquilizante menor, un lenitivo de la caducidad, pero su valor es relativo, pues está vinculado a la memoria, y esta es flaca, como ya se sabe.
Alguien recordó a Atahualpa Yupanki :
Es ancho y largo el olvido,Otras pretendidas Señoras fueron apareciendo sin éxito, hasta que los contertulios, cansados y algo irritados se dieron por vencidos y preguntaron, con espíritu de oposición, al proponente de la enigmática afirmación: ¿Cual es esta Señora, tan Señora que lo es y lo parece?
La respuesta fue: la música.; la buena música ( la de Bach, Brahms, Ravel, Stravinski, Falla…); la Música, arte del tiempo y que en el tiempo cesa, como dijo Jorge Luis Borges; la música que surge del silencio y crea un mundo sonoro de tensiones y expectaciones para retornar al silencio.
Por extraño que parezca, nadie mostró oposición.
Y es que la Música es mucho Señora.
